un regalo para Josefina

josefina

-Hoy es el cumpleaños de Josefina-, pensé mientras recorría algunos de los puestos de artesanos en la feria. Claro, yo no recordé la fecha precisamente en ese instante, ni tampoco le llamo Josefina, este es solo un recurso para hacerles ver que estaba pensando en ella cuando vi aquel stand tan solitario, con aquel vendedor, tan solitario que de repente me recordó un cuento de Cortázar, rodeado de pajaritos negros, rojos, azules, amarillos… si es que podemos llamarle así a aquellas preciosas imitaciones de zunzún hechas en madera que colgaban de los postes como si estuvieran a punto de echar a volar.

 No sé si fue la aparente soledad del vendedor –el pobre, seguro no ha vendido nada hoy, fue mi primer pensamiento-, la sinuosidad de aquellas alas que parecían reales, la delicadeza y fragilidad de aquellas figuritas, o tal vez todo a un tiempo, el caso es que pocos minutos después salía de aquel recinto con un pequeño zunzún en mi cartera y con la certeza de que esta vez había acertado al elegir un buen regalo para el cumpleaños de Josefina. Y por supuesto, en el segundo exacto en que puse mi pajarito en sus manos, lo vi tan mustio, tan poca cosa, tan mínimo, que estuve tentada de retirar la mano e inventar una excusa para no regalárselo… tanta pena me daba. Es que todos los años me sucede igual, nada me parece suficiente para regalar a una mujer como ella, tan ajena a los esquemas, tan poco convencional y al mismo tiempo tan terrenal.

Todavía sonrío cuando recuerdo la primera vez que la conocí, y lo hago porque ya desde entonces experimenté aquella sensación de estar ante alguien que siempre va a ser, parecer, decir o pensar exactamente lo contrario a lo que uno espera –aunque no tanto-. A primera vista, ella, o casi toda, fue una sorpresa. Desde el pelo corto y rubio, el cuerpo regordete y los ojos más vivaces que había visto en una persona, hasta su sonrisa y calidez, que anunciaba ya en parte su capacidad de comprensión, su tozudez y confianza absoluta en la necesidad del proyecto al que había dedicado los últimos cuarenta años de su vida. Luego me di cuenta que en mi impaciencia por “ver” el espacio a donde sin saberlo estarían dedicados los esfuerzos de estos últimos siete años,  había hecho un híbrido entre Hellen Keller y Celia Sánchez para darle vida a mi versión de Aleida March, la directora del Centro de Estudios Che Guevara, o  simplemente Josefina, como anotara el Che en el diario de Bolivia el 18 de febrero de 1967.

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