los conversadores

Les cuento que pertenezco a una secta secreta y extendida por todo el mundo. Sí, acabo de enterarme hace unos días mientras leía esta joyita literaria de Ángeles Mastretta. Por si fuera poco, me di cuenta que muchos de mis amigos más cercanos y hasta algunos nuevos conocidos “militan” también a ella. Como por “mandato superior” vamos cumpliendo con aquel refrán popular que reza aquello de que “Dios los cría y el Diablo los junta”. Vamos chocando unos con otros en la vida y, sin pretenderlo o sospecharlo,  estrechamos los círculos de una conspiración global que sigue empeñada en permanecer y no discrimina razas, géneros, edad o cultura.

Esta es una de las historias que hubiera querido escribir algún día, pero como ya se me adelantaron, aquí la traigo, para compartir con los amigos, conocidos, familiares y mascotas que se sientan como yo: reflejados, retratados, diseccionados, en Los conversadores.

 Imagen

 Los conversadores

 Ángeles Mastretta

Yo vengo de un tiempo humano, cada vez más remoto, en el que conversar era el don, el privilegio y la costumbre más encomiable. No sé si ese tiempo tuvo lugar o si a lo largo de los siglos estamos distribuidos, aquí y allá, los habitantes de su espacio. Creo más probable esta segunda opción, la creo porque he aprendido a reconocer de lejos a los miembros de esta especie de secta cada vez más exigua que podríamos llamar los conversadores. No hay necesidad de trámite, ni de credenciales ni de registros para ser un buen conversador. La única seña está en la facilidad con que traban cercanía y descubren sus emociones, dudas, pesares y proyectos como quien desgrana un rosario. Impúdicos y desmesurados, se  vuelven invulnerables, porque todo lo suyo lo comparten. Y si un problema tienen, es el que los hace vivir corriendo el riesgo de derivar en chismosos. Nada tan despreciable para un conversador como un chismoso y, para su desgracia, nada más cercano a la vera del acantilado por el cual caminan. Antes que nadar, comer, dormir o cualquier otro placer parecido, los conversadores prefieren intercambiar palabras. Sólo los besos y sus prolongaciones son tan placenteros como las palabras. Tal vez porque los besos están emparentados con las palabras, y el amor puede ser una conversación perfecta. De ahí que los conversadores tiendan a enamoradizos. Como tienden también a cantar cuando están solos o a colgarse del teléfono a propósito de casi cualquier cosa. El reloj es su enemigo más acérrimo y no lo pueden remediar, saludan a desconocidos en el mercado o en la calle y tienden a dar consejos a quien no se los pide. Cuando sienten que el día no les rindió, que algo le falta al mundo para poder cerrarse sobre su almohada, se prenden de un libro o de una película de esas en que no importa lo que pase, con tal de que importe lo que se diga.

A los conversadores siempre les falta un poquito, nunca quieren que la gente se vaya de su lado y cuando su cónyuge les da la espalda para irse a otro lado con su soliloquio tienden a llamarlo con un oye que es una especie de súplica, de no te vayas aún. Para entonces el otro ya se ha ido y grita desde lejos: Estoy a veinte pasos. ¿Qué quieres? ¿Por qué esperas a que me vaya si vas a decir algo todavía?

Frente a respuestas así un conversador puede hundirse minutos en un abismo oscuro del que sale de golpe como redimido por la idea de escuchar a Pavarotti cantando Parlami d´amore Mariú.

Los conversadores nos descubrimos hasta por teléfono. Yo sé de una mujer que en busca de una clase marcó un número equivocado y dio con una conversación en caída libre que empezó más o menos como sigue:

-¿Es ahí donde dan clases de gimnasia?- le dijo al hombre que levantó el auricular al otro lado de la línea.

– ¿Usted quiere tomar clases de gimnasia?- le contestó la voz de animal fino.

– ¿Por qué me lo pregunta como si lo dudara?- dijo la mujer.

– Porque cuando uno quiere tomar clases de gimnasia marca el número del lugar donde dan clases de gimnasia.

– ¿Entonces no es ahí?

– ¿Dónde damos clases de gimnasia? No. Pero, ¿usted por qué quiere tomar clases de gimnasia?

[…]

[Si a mis amigos conversadores les interesa seguir leyendo, por favor avísenme para enviarles el resto de la historia]

Tomado de: Ángeles Mastretta: Dones, H. Kuczkowski, Madrid, 2005.

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