mujeres guerreras

pasión+2Por Rosa Montero

Me explica un amigo que las noches se han vuelto procelosas. Él está hablando de las noches madrileñas, pero me parece que lo que cuenta puede estar sucediendo en cualquier parte. Con la palabra “noches”, mi amigo se refiere a ese momento incierto de la alta madrugada, cuando todas las gentes de bien, e incluso algunas de mal, se han retirado. Ese instante en el que los relojes se detienen y las calles, relucientes y vacías, parecen distintas.
No es el turbador aspecto de la ciudad nocturna lo que inquieta a mi amigo, y tampoco el consabido espasmo metafísico, esa pregunta básica del “quién-soy-de-dónde-vengo-adónde-voy” que suele asaltarle a uno a esas horas tontas de la madrugada, mientras contempla ensimismado el culto vacío de una copa de whisky malísimo. No. Lo que le preocupa, donde él ve el peligro, es en las mujeres. En las voraces chicas.
Mi amigo es, claro está, varón. Además es heterosexual, está felizmente emparejado y anda rondando los cuarenta. Pese a su edad, desde luego peligrosísima en un hombre español, porque indica que, en su infancia y su primera juventud, aún pudo estar sometido a la influencia del machismo más zote y primitivo, mi amigo es un hombre inteligente y suave, un tipo decente. Desde esa decencia básica, y con cierto estupor, es como él cuenta esta rara batalla, esta nueva versión del conflicto entre sexos.
“Las noches se han vuelto peligrosas”, dice él, muy serio. “Es algo que comentamos los hombres entre nosotros. Cuando se acerca la hora del cierre de un local, por ejemplo, tú ves que los hombres empiezan a ponerse nerviosos; y a lo mejor se te acerca un amigo muy apurado y te dice que por favor no le dejes solo. Y es que hay una mujer por ahí que le está rondando y que está decidida a llevárselo a la cama. Son mujeres tremendas, no las detiene nada. La noche, la alta noche, está últimamente llena de mujeres como ellas, mujeres solas, que van a la caza”.
Hace diez o quince años, los chicos empezaron a sufrir la tentación viril de la parálisis. Muchos hombres se sintieron amedrentados por el nuevo papel de la mujer; no querían ser tachados de machistas y, estando como estaban desconcertados y perdidos de sí mismos, decidieron que, para no equivocarse, lo mejor era no hacer nada. Nació así una generación de varones totalmente pasivos, lacios entrañables, amuermadas rémoras.
Crecieron los pasivos y se multiplicaron, y algo debe quedar en los varones de hoy de aquella tentación paralizante, y del miedo que tradicionalmente han sentido los hombres frente a una mujer que elige y decide, que escoge y organiza: no hay más que recordar que el mito clásico de la hembra amorosamente activa es la vampiresa, una mujer perversa que destruye a lo9s hombres –les chupa la vida, la sustancia, como los vampiros chupan la sangre a sus víctimas. Algo debe de quedar de todo esto, digo, pero además hay otros ingredientes. Porque lo que asusta a los hombres, cuenta mi amigo, es la necesidad y la extrema pasión.
“A muchos no les importaría tener una historia –explica él. Es decir, les gustaría tenerla, si la cosa no alcanzara mayor trascendencia. Pero es que estas mujeres que te digo se te echan encima de ti, te quieren poseer absolutamente. Las ves, las reconoces enseguida. Y nos avisamos entre nosotros: cuidado, que ésa es un marrón…”.
Recordemos la fórmula básica tradicional de las relaciones amorosas: las mujeres dan sexo para obtener cariño, y los hombres dan cariño para obtener sexo. Se diría que, en el relato de mi amigo, la segunda parte del enunciado ya no se cumple como antes. Sí, los hombres parecen seguir estando más interesados en el sexo que en el cariño, pero ya no están tan interesados como para molestarse en dar cariño, cosa que siempre es una inversión costosa y un compromiso. Eso es, los chicos se están enfriando cual lagartos.
En cuanto a las mujeres, esas mujeres guerreras de las noches tardías, tampoco parece que hayan sabido controlar la dependencia afectiva. Posiblemente poseen una profesión, amigos, familia; pero, aun así, quizá no han superado ese tópico de la educación femenina que les hace sentirse derrotadas si no tienen pareja. La única diferencia con sus abuelas es que ellas ahora atacan, cierran los bares, peinan la noche, le plantan una mano a los hombres en la entrepierna; del mundo masculino parecen haber copiado lo peor, la avidez invasora del ligón. Sin duda, eso es mejor que consumirse de melancolía y doncellez tras un visillo; pero, la verdad, no acabo yo de ver que esa inversión de papeles, esas hembras guerreras y esos hombres ofídicos, constituyan un resplandeciente avance para la causa.

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