¿por qué lloré a Chávez?

Ayer, leyendo el blog de un hombre genuino, de esos de los que se mete a veces en honduras en las que una ni piensa, leí una pregunta, que tal vez fue hecha para no esperar respuesta, pero igual, me hizo querer compartir un par de ideas:

 ¿Por qué lloré a Chávez?

¿Por qué lloré? Te confieso que cuando supe la noticia lo que menos me preocupó fueron las dificultades materiales que podríamos experimentar los cubanos.

Lloré con un dolor en el pecho que no me dejó ahondar en mis emociones. En ese momento lo único que me vino a la mente  fue Cortázar y aquella carta que le escribió desde Argelia a Retamar donde le cuenta cómo, al saber de la muerte del Che Guevara, se encerró en el baño a llorar como un niño, y también a descargar su rabia y su ira. Eso era lo que recordaba, no sé si por analogía, por inferencia, por sentir que aquella escena que había leído hacía unos años una sola vez y se me había grabado en la memoria describía cómo me sentía, mucho mejor que cualquier cosa que pudiera decir, escribir y hasta susurrar.

Lloré por el hombre,  sin más atributos. Supongo que mi reacción está muy vinculada a que usualmente no digiero bien el tema de la muerte, de nadie, de amigos o de los no tan amigos, incluso de los enemigos declarados, hasta el fallecimiento de desconocidos me afecta. Leyendo ahora tu post, imagino que tiene mucho que ver con ese sentimiento de impotencia que le nace a uno de no poder hacer nada, de no poder influir, intervenir; tal vez sea por eso que me resisto a dejar ir a la gente.

Chávez había sido un hombre bueno, una buena persona con una voluntad extraordinaria, y no merecía morir ahora. Además, con Chávez establecí una cierta comprensión que no puedo explicar, desde la primera vez que supe de él, que fue también la única oportunidad en que lo tuve cerca.

Después escribí un post pequeño que fue mi homenaje. No necesité ir a la Plaza, o mejor, sí fui, pero me marché sin remordimientos, yo lo tenía conmigo y no me hacía falta pasar delante de un retrato para mostrar mi dolor. Sé que varios amigos no me entendieron, y sé también que el acto de ir iba más allá de rendirle un mero tributo a su imagen, pero así soy.

Luego, creo que con el golpe de la noticia asimilado, lloré porque lo admiraba como líder político y porque en algunos momentos he llegado a sentirme celosa  de la ola movilizadora que supo desencadenar en su país, y que quisiera que sacudiera el mío para ver si algún día logramos salir de la inercia, la inactividad, y los esquemas institucionales dentro de los que nos hemos acostumbrado a reaccionar, esperando lo orientado, lo pautado, sin dar posibilidades a la espontaneidad y la iniciativa.

La verdad es que mi reacción inicial no fue llorar por mí o los míos, no me preocupé por Cuba ahora con Venezuela sin Chávez. Lo más probable es que se deba a la locura o la cordura de la ignorancia, prefiero pensar que es debido a mi optimismo inveterado, o a mi cinismo menos acendrado, que me dice que si nos hundimos, y cómo nos hundimos, está en nuestras manos. Nosotros solitos tendremos la responsabilidad de lo que nos suceda, con más o menos recursos materiales.

Pero te miento, sí me preocupé por mí, y lo hice por motivos muy egoístas. Claro, eso fue ya dos o tres horas después de conocer la noticia. Pensé en mí porque ese 5 de marzo yo cumplí 32 años, y de alguna manera que no me interesa racionalizar, de pronto Chávez dejó de ser el presidente, el líder latinoamericano, el llanero popular (que no populista) que ayudó a una nación a encontrar su voz, sus manos y sus piernas, la figura que contribuyó a cambiar el mapa de la política internacional. No, Chávez comenzó a ser mis hermanos, mi mamá, mi papá, mis primos: sencillamente lo adopté, lo hice mío. Desde ahora y creo que para siempre, comparto algo con él: una fecha en el calendario.  Aunque la mía marque la vida y la suya, la muerte.

Te hago otra confesión, lloré también por otro motivo: por un momento me pregunté que nos hubiera pasado a los cubanos si Fidel hubiera muerto en el 2006, y ese pensamiento me paralizó, y me sirvió para experimentar la pérdida de los venezolanos y acompañarlos en todos esos días, en que llegaban a Caracas desde todos los rincones para ver por última vez a su presidente.

Y ya, me parece que esas fueron mis reacciones iniciales, me extendí mucho, pero lanzaste una pregunta al aire, y esta es la respuesta más coherente que puedo hilvanar.

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