la primera vez

la-primera-vezMira quién viene por ahí– me dijeron. Y la sorpresa, cuando menos lo esperaba, donde menos podía imaginar, casi me paraliza. Menos mal que estaba sentada y no tuve que hacer malabarismos para mantener más o menos la compostura, pero estoy segura de que mis ojos hablaron en cuatro idiomas y sin necesidad de traductor. Era la primera vez en mucho tiempo que podía verlo. Mirarlo bien quiero decir, con detenimiento. Nos habíamos encontrado tres o cuatro veces desde su regreso, pero siempre estuvimos acompañados, apurados, preocupados. Ahora igual, pero no importaba. Verlo de nuevo me hizo recordar aquella primera vez.

No sé bien el día ni la hora, ni siquiera recuerdo si por fin había ido a matricularme o si ya lo había hecho antes.  Solo recuerdo que estaba –por fin- frente a la facultad. Creo que había llegado allí cargada con mis dos maletines, y con la intención de bajar caminando y no parar hasta chocar con la dichosa dirección de la beca de F y 3ra.  Luego pensé que no había sido solo distracción mía, cuando decidí  andar justo por el medio del paseo que hay en G –así conozco de una vez esta parte de la ciudad-; y no sé cómo, pero cuando vine a darme cuenta, justo a mi lado caminaba un muchacho con espejuelos y una gorra de los Marlins, con un desparpajo increíble y tales aires de dueño del mundo, que no pude evitar fijarme en él, así como quien no quiere la cosa, aprovechando para dar una ojeada a las piernas de hombre más lindas que mujer alguna había visto antes.

Estuvimos así durante casi todo el trayecto, yo mirando a escondidas, y él…, él también, de eso estuve segura casi al instante, por eso me gustó tanto aquella risa cómplice que compartimos cuando un viejito que estaba sentado en uno de los bancos, pasando Línea, nos preguntó: ¿qué, muchachos, vienen del campismo?,  y nos miró como si fuéramos novios.

Aquella primera vez no nos dijimos nada. Creo que ni nos presentamos.  Pero esa noche soñé con él y ya antes de que terminara el mes decíamos entre risas –y otras cosas- que el viejito tenía “don de adivinación”…

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