cielo plomizo y gris

cielo-nubladoParada en esta esquina de la sala de espera del Aeropuerto Internacional José Martí, sigo pensando que el clima no podría expresar mejor mi estado de ánimo. Ese cielo plomizo y gris y tedioso, esta lluvia insoportable que satura las calles de La Habana con charcos de agua sucia y me hace caminar con cuidado, con un cuidado que estoy muy lejos de sentir, constituye la escenografía perfecta para la escena dramática X que es este día.

 En esta sala de aeropuerto atiborrada, chocando con los que se van, con quienes esperan, con aquellos que se despiden y otros, como yo, que no entienden aún qué hacen allí, intento por un segundo volar, desaparecer, perderme de la vista de familiares y amigos. En especial de aquellos a quienes veo celebrar “el viaje” repartiendo Cristal a diestra y siniestra. Como si la perspectiva de no volver a ver a algunos de los tuyos fuera un motivo de celebración. Y mi hermano Ernesto, con toda la sabiduría de sus doce años me besa al llegar y, zafándose de mi abrazo asfixiador, me dice que hoy no quiere lloriqueos. Claro, toda la sabiduría de sus doce años no le alcanza para pensar en el mañana, en el próximo mes, en los años que tal vez pasarán antes de que volvamos a encontrarnos, antes de que intentemos encontrarle sentido a esta partida que no entiendo, que no acepto, que me callo.

 Mientras espero a que termine el odioso chequear, ratificar, sellar pasaportes y maletas; mientras acumulo fuerzas para no llorar, preparándome para lo que sé que vendrá luego, mi mente comienza a funcionar en reversa. Por algún atajo de la memoria paso revista a estos últimos doce años que han sido sus primeros.  Justo desde el momento en que, apenas tres o cuatro horas después de aquel parto difícil y caprichosamente complicado, lo cargué en mis brazos –los mismos que hoy casi lo asfixian de tanto apretar- y empecé a sentirlo parte de mí, aunque compartido con su mamá y mi papá. Doce años de fines de semana exprimidos, de juegos y correteos por la casa hasta el portal, de celos fingidos ante su evidente afición por Conry, de desencuentros, de momentos que espero no olvide con el paso del tiempo. Como aquella vez en que Conry y yo nos sorprendimos de que no tuviera nuestros mismos gustos, nuestras mismas obsesiones, que en resumen se traducen al chocolate, el queso, las series Manga y el dominó. Conry y yo, que somos muy diferentes pero nos parecemos tanto que a veces mi mamá nos dice que si hubiéramos nacido más cercanos en el tiempo –le llevo catorce años-, pareceríamos gemelos. Pero Conry no es el tema, ahora lo difícil es Ernesto. Ernesto que se va y a partir de hoy solo estará en un sms de mi móvil, o en la voz lejana de una llamada telefónica.

Viendo a mi hermano alborotado, más intrigado por saber qué se siente cuando el avión despega que preocupado por las lágrimas que inútilmente intenta disimular mi papá, me pregunto hasta qué punto está consciente de lo que vendrá a continuación. Y me digo que eso se lo cuestiona una pero que un niño de su edad piensa precisamente en eso, en la aventura del viaje, en la curiosidad de lo nuevo. En lo otro: en cómo será su vida en otra cultura que es diferente en muchos sentidos, en qué precios tendrá que pagar para llegar a sentirse algún día oriundo de una tierra que lo adopta… en fin, en el costo de la emigración, en eso soy yo quien no para de pensar desde que hace tres días me confirmaron la fecha de su partida.

 Inesperadamente, mientras aguardo a que salga para verlo por última vez, me viene a la mente el recuerdo del Carlos que no conozco, porque en esta sala de aeropuerto, rodeada de tanto ajetreo y tanta lágrima, me sorprendo preguntándome si esto que siento no se parece demasiado a esa impotencia de la que él habla.

No les niego que haya intentado racionalizar el asunto, acumulando argumentos de un lado y del otro para intentar llegar a una conclusión equilibrada de qué es mejor: que se quede o se vaya. He intentado aceptar que es válido para su mamá aspirar a un futuro de mayor comodidad material y más acorde con sus anhelos personales, pero me he preguntado si es justo que en su consecución  –that persuit of happiness- arrastre consigo a mi hermano. He pensado también en mi papá y encuentro lógico que quiera acompañarlo en su crecimiento, tenerlo junto a él mientras se forma y se convierte en adulto, compartir sus mejores y peores momentos. Pero se me enreda el pensamiento cuando sopeso las implicaciones si hubiera decidido no autorizarlo a irse, porque no hay solución sencilla, y la felicidad de unos pasa desgraciadamente por la infelicidad de los otros, y viceversa. Claro que también me ha cruzado por la mente la intención de comparar esta experiencia con las estadísticas migratorias, con los estudios sociodemográficos, las preocupaciones que en el ámbito académico se publican y analizan sobre esta especie de obsesión para los cubanos.

Pero nada de eso importa ahora, todo se me va de la cabeza al ver a mi papá derrumbarse y llorar como solo lo había hecho cuando murió mi abuela, como un desesperado que intenta todavía convencerse de que ha hecho lo correcto, porque ya no hay marcha atrás, y un hijo siempre debe estar con su madre ¿verdad?… Y otra vez Carlos y aquella reflexión sobre la impotencia. Una impotencia que se me multiplica por las cien razones que puedo acumular para sentirme perdida, inconforme, en franca rebelión con la vida y sus bifurcaciones.

 En  eso pienso mientras camino sin mirar bajo la lluvia, y sigo creyendo que este cielo plomizo y gris y tedioso expresa a la perfección mi estado de ánimo.

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5 comentarios en “cielo plomizo y gris

  1. Dejo mi avatar como constancia de que he leído este texto y lo he hecho mío. Como única forma que tengo de acompañarte en la distancia y en el tiempo

  2. Esta semana yo también voy a despedir a mi hermano. Hace unos días se nos fue una gran amiga, y persona muy útil para el mundo del cine cubano. No sé que pensar de esto.

    1. Carlos, yo también me hago un lío cada vez que lo pienso, y créeme, lo he pensado mucho en estos últimos tiempos, pero siempre me enredo cuando llego al punto entre lo personal y lo social, entre el proyecto y su concreción, chau.
      gracias por tu comentario.

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