juego nocturno

20051206162338beso1cq0Un hombre se levanta. Pueden pasar cinco, diez, treinta minutos después del último orgasmo, no importa si es de ella o de él. Un hombre se levanta y la luz que viene de la cocina le recorre el cuerpo creando ese efecto silueta que a ella podría gustarle tanto como el chocolate o los casquitos de guayaba, si no fuera porque sabe lo que viene después. Y el problema no es que se vista y entre comentarios y caricias que quieren hacer menos incómoda la despedida se acerque a la puerta y, todavía sin dejar de hablar, quite los pestillos y salga, dejándola con una sensación indescifrable;  es que ese acto sigue un guión casi inmutable que ha comenzado a ser para ella una especie de juego en el que le toca inventar mil y una fórmulas que buscan convencerlo de esperar a la mañana.  Un juego raro donde conoce de antemano el resultado, y ya el objetivo no es buscar el fundamento ganador, sino experimentar las poses de niña malcriada, los tonos eróticos, las palabras melancólicas, oírlo reír y reír con él, o simplemente fingir que presta atención mientras lo acompaña conversando de camino a la puerta. El asunto es que saben en el fondo la verdad: ella quiere que se quede y él no siente la necesidad de hacerlo, y frente a eso no hay argumentos, ni palabras ni besos ni sentimientos lo suficientemente convincentes, y algún día tendrán que decidir qué hacer con este juego nocturno.

Y tal vez no.

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