y si fuera una huella

Hay libros que solo pueden o deben leerse una sola vez. Las emociones, reacciones, sentimientos que te despiertan difícilmente vuelven a emerger en una segunda pasada, porque ya no te sorprenden: simplemente sabes lo que viene y te preparas. Existen otros que, en cambio, se te van descubriendo poco a poco. Lectura tras lectura vas encontrando ideas, imágenes, conclusiones o preguntas que, podrías jurarlo en la tercera o cuarta ocasión, no estaban antes ahí; y tal vez ni siquiera entonces consigas develar todos sus misterios.

Pero existen otros que se encuentran a mitad de camino entre esos dos extremos. Son aquellos con los que no te decides entre cerrar y no volver a abrir para evitar la decepción de “no sentir” una vez más, o rebuscar entre sus páginas aquel párrafo que no entendiste a la primera, profundizar en las referencias de ese personaje que hasta entonces te era totalmente desconocido, o simplemente confrontar ideas, comparar conclusiones.

Hace unos años me cayó en las manos uno de este tipo. Me lo prestaron en plan de “léelo rápido que tengo que devolverlo enseguida, me lo dejaron solo para esta semana”. Era un libro peculiar por muchas razones. La primera es que se trataba de cartas cruzadas por el autor con algunos de los nombres imprescindibles de las artes, la política y la cultura en general de un período intenso, contradictorio y paradójico de la historia latinoamericana y cubana. La segunda residía en el destinatario –muchas veces también el remitente- de esta cuantiosa correspondencia: Alfredo Guevara. El recuerdo de aquel libro me golpeó cruda, absurdamente, hace unos días, cuando supe de la noticia del fallecimiento de Guevara.

Y si fuera una huella era la tercera entrega de una empresa ambiciosa mediante la cual el fundador y presidente del ICAIC se propuso “darle aire”, “sacar a la luz” una parte considerable de su cuantioso archivo epistolar.

Como el peso de una deuda impagada, así resurgió aquella antigua obligación que sentí al terminar de leer la última de sus páginas; aquella necesidad de tomar papel y lápiz y escribir, escribir sin detenerme hasta completar un esbozo de las emociones y reflexiones fundamentales que su contenido me había provocado. En su momento fue un acontecimiento personal poco común, de hecho, no tengo memoria de ningún otro volumen que haya tenido un efecto tan instantáneo y perentorio. Luego, el paso de los meses, la pérdida de aquellas hojitas garabateadas y un cierto menosprecio por la relevancia de mis propias impresiones, habían provocado que escribir sobre Y si fuera una huella fuera a engrosar mi larga lista de proyectos inconclusos… hasta hoy que me propongo, con los recuerdos que he intentado conservar intactos de aquella primera vez, compartir la huella que dejaron en mí estas cartas. Una huella que, en realidad, gira alrededor de las pasiones, polémicas y compromisos con los que se fue gestando, a sangre y fuego pero también a golpe de sueños y empeño, la Revolución Cubana y el proyecto de Revolución Latinoamericana.

Los hombres y mujeres que fueron protagonistas de muchos acontecimientos a los que apenas me había acercado a través de los libros de Historia –una Historia muchas veces engominada, acartonada, con la que una no podía evitar asumir una posición de alejamiento, como si se tratara de una historia “bonita” o “triste” pero poco relacionada con su cotidianidad- o las referencias personales oídas en clave de rumor o secreto compartido a voces, gracias a la intimidad propia del género epistolar, se me mostraron con la sinceridad y multitud de matices que nos son inherentes –como seres humanos- gracias a esa inmediatez y sentido de la intimidad que brinda la correspondencia.

La verdad es que no alcanzo a recordar la multitud de impresiones o reacciones que experimenté aquellos días de lectura. Fueron muchos los temas, las dimensiones de la realidad que se me hicieron visibles en aquellas páginas, desde lo meramente personal –marcado por las cualidades individuales de éste o aquel sujeto-; las preocupaciones concentradas casi exclusivamente en el proyecto socialista cubano y sus más caros anhelos; hasta la titánica labor de cobijar, estimular, proteger y soportar –nunca intervenir, imponer, silenciar- el trabajo increíble de cineastas argentinos, chilenos, salvadoreños, norteamericanos en su afán de cuestionar, analizar, denunciar la heterogénea realidad tercermundista, y contribuir a concretar, desde la gran pantalla, el sueño de alcanzar un mundo más justo. Pero se me quedaron grabadas algunas ideas que me sirvieron para entender eso que muchos asumimos en algún momento como una cosa dada, estática, incomprensible, y trascender la posición de alejamiento generacional para sentir la Revolución como un proceso convulso, contradictorio, maravilloso y a la vez doloroso.

Tentada como estoy de insertar algunas frases del propio Alfredo que explican, por supuesto, mucho mejor que yo las pistas necesarias para seguir enriqueciendo mis reflexiones y actitudes ante mi realidad actual, rescato solo una, que resume de alguna forma la utilidad que veo a un libro como este: “Es la vida en toda su plenitud, la caliente entraña de la lucha, el filo de las armas y la destreza de la polémica, el movimiento ideológico que esto comporta, su sustratum cultural y político, lo que en forma más efectiva pudiera depositar en nosotros simientes de comprensión”.[1]

Me identifiqué con los hombres que discuten, los que pelean, los que no se quedan indiferentes. Esos, los que se me develaron en sus cartas personales. Esos: los creíbles, los admirables. Tal vez otros que se han leído Y si fuera una huella no la entiendan de esa forma, pero para mí, recorrer sus páginas, fue como reencontrarme con un pasado que me había sido escamoteado en su complejidad y contradicción en los libros de historia. Desde esa experiencia se las recomiendo, amigos míos.


[1] Carta enviada por Alfredo Guevara a Carlos Fariñas, 22 de marzo de 1962.

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