esa soledad*

Al día siguiente nadie supo de él en el trabajo. Al principio pocos notaron su ausencia y, en verdad, quienes lo hicieron pensaron que no había nada de extraño en ella. Si no fuera día de cobro tal vez se hubieran enterado con algunos días de retraso. Pero era el día del cobro, y al ver avanzar la mañana sin que llegara, empezaron a preocuparse. Claro, no era una preocupación drástica, fue más bien algo al estilo de ¿tendrá algún problema?, ¿se habrá tomado el día “por la libre”?, ¿habrá sucedido algo con alguna nueva conquista?, porque últimamente los enredos amorosos de Manuel eran algo conflictivos, angustiantes, a veces hasta fuera de los límites.

Cerca de las cuatro de la tarde, dos o tres de sus compañeras decidieron llegarse un momento a su casa, por si las moscas; llevarle el salario, y aprovechar para ver en qué podían ayudar… si es que había algo en lo que pudieran o debieran ayudar. Siete, diez, doce, quince cuadras separaban la casa de Manuel de su centro laboral. Una distancia relativamente corta, que fue cubierta con rapidez por sus amigas, sin imaginar el solitario drama que se había estado desarrollando en aquella desvencijada habitación. Una tragedia de esas que por calladas y grises llegan a desgarrarte el alma mucho más que la agresiva suciedad, o la violencia estruendosa que tan común es a esa zona de la vieja ciudad.

Encontraron la puerta entreabierta y a una vecina desorientada que apenas podía dar detalles de la noche anterior; de cómo Manuel ya no estaba, cómo lo habían encontrado muy mal y alguien lo había llevado a la Benéfica.

Decidir seguir y encontrar algo que los llevara rápidamente al hospital fue, milagrosamente, cosa de pocos minutos. Llegar para encontrarse con la desconcertante noticia de la muerte de Manuel fue intempestivo, perturbador. Pero lo peor vino enseguida: verse ante su cuerpo inerme, desnudo, impecablemente limpio sobre la mesa de la morgue; descubrir que ellas eran lo más parecido a un “familiar cercano” que se había presentado por allí desde que en la madrugada los médicos habían declarado oficialmente su defunción.

Desnudo y solo, su cadáver había permanecido en espera de alguien que lo reclamara y comenzara los trámites de rigor. Nadie había aparecido, ni siquiera aquel hermano desconocido del que hablaba a veces, mientras se le escapaban en suspiros algunas lamentaciones, ciertas recriminaciones. Nadie, ni siquiera los vecinos.

Muerto, Manuel llevaba a cuestas la misma soledad. Una soledad que había ido corroyendo su cuerpo y su espíritu, ganando espacios, levantando muros, asfixiando las ganas de seguir despertando cada mañana. Una soledad que no habían logrado llenar sus amistades del trabajo, el chismorreteo servicial del vecindario, la peligrosa compañía de sus conquistas amorosas de turno. Nadie llegó a saber si pudo o si tuvo la oportunidad de lamentarse, de decir adiós, de rebelarse o dar la bienvenida. Nadie estuvo, nadie supo… se fue de la misma manera en que había vivido los últimos tiempos: demoledoramente solo.

epílogo infame Manuel no supo, por suerte, que mientras yacía en la morgue del hospital, alguien, aprovechando la casa desprotegida, también sola, había entrado para robarle el refrigerador.

*basado en hechos reales.

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5 comentarios en “esa soledad*

    1. Mar, una de las cosas que más jodió a mi mamá (es decir, que le impactó) fue que ella, al principio, no se dio cuenta de que no estaba. y en las semanas anteriores, estaba tan enredada en sus propia dinámica que no le prestó la suficiente atención (según ella) a l oque le estaba pasando a Manuel.

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