Para Juan sin nada, con admiración y respeto

decanoHola profe:

Hago estas líneas y casi siento compasión de mi atrevimiento. No fui alumna suya pero siempre admiré su talento como periodista y como profesor venerado por casi todos los amigos que pasaron por sus clases de Periodismo de Investigación. Se lo comento para que entienda que, en alguna medida, le escribo sobreponiéndome a la impresión de parecer demasiado pretensiosa; como quien se atreve a rebatir un criterio de veracidad establecido, casi nunca contradicho. Pero me animo a hacerlo porque no puedo quedarme callada ante la imagen del Decano que muestra en este post.
Aun sabiendo que es «su» imagen, su recuerdo, no me parece honorable ni justo de su parte, principalmente, porque Julio no está aquí para responder, aclarar, desmentir o aceptar ese retrato que usted describe con tan buena pluma, tanto pesimismo y tanto sabor a derrota.
Es cierto que el Dequi vivió experiencias difíciles y aplastantes que pondrían a prueba la voluntad y la capacidad de cualquier hombre o mujer de continuar creyendo en un proyecto como el de la Revolución, con errores, limitaciones, vueltas de rosca y contradicciones en su ejecución práctica. Pero cada vez que pienso en esas circunstancias, no puedo evitar pensar que asumía aquellos versos tan conocidos, tan manidos a veces, de Fayad Jamís.
Es cierto también que yo no fui su amiga o su compañera de trabajo. Apenas pude conocerlo desde mi papel de alumna, y desde allí guardo recuerdos importantes que marcaron, fundamentalmente, mi crecimiento personal. Desde esa experiencia puedo decirle que a pesar de haber sido, como usted dice “[desterrado] a la Facultad, [nombrado] decano de aquel tugurio, que era una forma de jubilarlo, de la política y del periodismo, y todavía pagarle un salario, y darle un título, para cubrir las apariencias”, en la práctica al Decano le dieron una oportunidad única, porque pudo dejar su impronta en nosotros, en el día a día, y ya no solo con el conocimiento o la capacidad de instruir sobre temas complejos y abstractos, sino simplemente siendo él, coherente, flexible, ejemplo; brindándonos un rol model al que solo bastaba con alargar las manos para poder tocar. Algo esencial en estos tiempos en que los jóvenes nos vemos ante paradigmas convertidos en mármol y depositados en altares.
Tal vez para usted eso no llega a emular con todo lo que pudo haber brindado en su capacidad creadora tanto a la política como al periodismo cubano, es cierto. Yo también considero que la sociedad cubana perdió mucho en ese sentido. Pero también creo que el Decano pudo, y no temo ser absoluta, marcar la diferencia entre el futuro periodista, comunicador o profesional de la información crítico, consecuente con sus acciones, capaz de ver los múltiples colores de la vida –sus luces, sombras, claroscuros-, y un profesional oportunista, adoquinado y domesticado al esquema del burocratismo seudo revolucionario –disculpe la redundancia-; o tal vez asqueado de la visión deformada, presentada como la verdadera, de lo que debe y puede llegar a ser eso a lo que usted ha declarado difunto y yo asumo más bien como un reto dificilísimo ante el que no podemos quedarnos indiferentes: la Revolución Cubana.
Julio tenía mucho que hacer todavía en este país. Él no decidió marcharse, no eligió mirar los toros desde la barrera. Frustrado, sí, decepcionado en muchos sentidos, casi con seguridad; pero ¿aplastado?, ¿sin ilusiones?, ¿creyéndose solo en su capacidad de confiar en la viabilidad del futuro del socialismo cubano? Perdóneme, pero me cuesta compaginar mi experiencia personal con el cuadro gris, indiferente y desilusionado que presenta. ¿Cree, sinceramente, que si Julio no se hiciera ilusiones, si no confiara en el futuro y no estuviera convencido de la necesidad de formar a las nuevas generaciones, hubiera estado tantos años lidiando, como bien menciona, con los mil y un problemas materiales, educativos, ideológicos, políticos que se daban en la facultad con una frecuencia casi cíclica? Si ese hubiera sido el caso, hubiera optado muchos años antes por el camino pragmático de la solución individual –para la que también tenía numerosas habilidades-; se habría contratado como profesor o consultor en alguna de las universidades latinoamericanas –por ir a una opción segura y con pocas complicaciones- o tal vez se hubiera dedicado a preparar libros sobre Cuba, que serían, con seguridad, muy bien pagados por algunas editoriales extranjeras, y todo eso dentro de lo “políticamente aceptado”.
Pero heme aquí entonces, cayendo en el mismo error de presentar meras suposiciones personales como ciertas, o definir como suyos pensamientos y posturas que solo a Julio García Luis le correspondería escribir…

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Un comentario en “Para Juan sin nada, con admiración y respeto

  1. Las personas suelen ver su reflejo en el otro. Es inevitable. El decano era el de Juan Orlando y era el tuyo y el de muchísimas otras personas, todas las que lo conocieron e incontables proyecciones de quienes lo leyeron o han oído hablar de él. Pero sobre todas las cosas era también él mismo y coincido contigo en que solo podemos juzgarlo por su actos: él decidió quedarse y luchar.

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