runaway

1 Al principio, el viaje a Topes de Collantes fue, sinceramente, apenas una vía de escape. Algo así como el boleto de salida hacia montones de lugares, en disímiles direcciones; muy similar a ese haz de luz multicolor que producen los fuegos artificiales cuando explotan y salen disparados de la superficie hacia el cielo, tan lejos como sean capaces de llegar.

Alcanzar el tren espirituano, viajar durante más de doce horas, llegar a un Sancti Spíritus intocado por los años que han pasado y reencontrarme con el montón de amigos que cada día crecen en número y en profundidad, fue, muy en el fondo, la posibilidad de alejarme, al menos por unos días, de esta dilatada salida del trabajo que marca un cierre de vía por ahora nebuloso, que me deja el sabor amargo de la derrota y hace que revolotee por aquí adentro un cierto aire de inquietud que a veces consigo espantar pero luego regresa para preguntar qué vendrá ahora, cómo será de aquí en adelante…

La posibilidad de subir y bajar hasta donde caen las aguas del Caburní, de caminar y caminar recorriendo ese dichoso altiplano que tuvo mucho de alti, pero muy poco de plano, significó en lo personal una huida. Una muy cobarde manera de liberarme del aire que transpiraban las paredes de la casa luego de la muerte, la burocracia y la imagen recurrente de aquellas palas que depositaban los terrones de tierra sobre el ataúd de mi abuela.

Topes me recordaba al inicio aquella metáfora del hueco en el muro del mundo. El justo espacio donde puedes esconderte a esperar que las cosas tomen de alguna extraña manera, “su nivel”. O tal vez me hiciera recordar una escena que vi hace años en una película, donde dos personajes, al cruzar la frontera chileno-argentina, ante la imponencia y la magia natural del lugar, sueñan con hacer de aquellas montañas y ese lago el lugar del descanso final.

La idea del refugio me resultaba atractiva, como a todos los cobardes; no tanto por las posibilidades de protección sino por sus potencialidades para dejarme ser otra, cambiar el personaje aunque fuera solo por unas horas. Concentrarme en el exquisito café que se cultiva por allá, en las historias esotéricas que conectan el lugar con secretos que se remontan a las pirámides de Egipto y regresan en el tiempo hasta un matemático loco que comenzó haciendo ciencia y terminó sus días en la metafísica, o simplemente perderme entre tanta agua que cae y cae y cae horadando el suelo, cambiando imperceptiblemente la faz de todo el panorama, haciéndome caer por unos segundos en la estúpida preocupación por cómo lucirán estos parajes dentro de trescientos, quinientos, ni sé cuántos años… todo eso prometía ser suficiente.

Pero no puedes huir de los problemas cuando la mayor parte de ellos eres tú misma. Puedes olvidarlos, disimularlos o acallarlos en medio de las otras voces, de la jodedera y las incansables discusiones sobre casi cualquiera de los temas que nos preocupan o apasionan. No importa. Ellos siempre se las arreglan para hacerse oír, para obligarte a pensar mientras te acercas nadando a la cascada, y sientes que, junto con las punzadas de la frialdad del río también se te clavan los miedos, las ansiedades, y hasta la curiosidad por asistir al regreso, por descubrir si luego de estos días seguirás siendo esta otra, o volverás a la antigua, a la piel ya gastada que tratas de sacarte de encima y ahogar en estas mismas aguas, congeladas, profundas.

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3 comentarios en “runaway

  1. La que sea al final va estar ahí, sin romperse. El frío endurece los miedos Di.
    Igual, para lo que sirva, tienes mi mano extendida.

  2. Ni sé que decirte, Dis… que no eras solo tú, que creo que más de uno fuimos así a Topes, y vamos así a cada rincón donde quedamos cada seis meses para intentar no salvarnos. Al menos yo voy a estos viajes como el nadador que sale a la superficie para respirar la bocanada de aire esa que llegue al estómago y arde, y luego vuelvo a hundirme en el día a día de esa vida otra que hay que llevar, hasta que ya el oxígeno se me acaba y se repite el ciclo. Trata de no probarte esa piel otra vez, ni siquiera un poquito, luego es muy difícil sacársela. Sé que da miedo, pero cuando al fin la tiras a un lado, uno se alegra de haberse atrevido. un beso.

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