impresiones inconexas de un concierto “pasado por agua”…

Rafa no lo sabía y a mí me dio pena confesarme; decirle que a pesar de lo mucho que me sonaba el nombre, como te suenan las cosas que se supone debes conocer al dedillo, hasta el cansancio, por alguna extraña manera no lograba ubicar a Marta Valdés. No conseguía recordar siquiera un verso, un estribillo o una tonada de sus canciones. Con esa espina llegué al patio del Centro Pablo, huyéndole a la lluvia, esperando que a los organizadores del concierto se les hubiera ocurrido pensar en un lugar alternativo donde estar a salvo del aguacero. Recuerdo incluso que lo comentamos, el Rafa y yo, minutos antes de llegar, mientras cubríamos la distancia entre la parada del P5 y la calle Muralla con Chely, Koka y Claudio y su cámara anti-cloro.

Para sorpresa nuestra, era allí en el patio donde habían decidido realizar el concierto, no sé si por falta de previsión, o porque, como también era evidente, en la sala Majadahonda no cabría ni la mitad de la gente que comenzó a reunirse minutos antes de la hora fijada para el inicio de este concierto que prometía mucho, y cumplió ampliamente en calidez y calidad.

Recuerdo que lo primero que pude sentir cuando la lluvia nos dio un chance y Marta Valdés salió a escena, fue que había aterrizado por casualidad en una fiesta familiar; o al menos para iniciados. Preparada por y para amigos que se veían por primera vez desde hacía mucho, o para gente que aun sin conocerse se reconocía, en otros momentos, en muchas de las canciones que esta trovadora lleva consigo junto a la experiencia de tantas vidas, de tantas noches de cabarets y centros nocturnos -como recordó en varios momentos con un tono de orgullo y desafío que no podía ni deseaba ocultar.

Afortunadamente fui olvidándome con rapidez de mi complejo del voyeur que se sienta en su ventana a espiar la vida de los otros, movida por aquella voz y aquellos versos que empezaron a llegarme al cuerpo, a relajar mis músculos, transmitiéndome una cierta sensación de paz y de nostalgia que nacía de algún lugar que no lograba precisar.

Si vuelves/no para el hastío/ no para el torpe anochecer contigo/ no para el reproche/vuelve/ para amarnos /en las cosas sencillas…

En esta especie de fiesta privada, esta celebración excepcional a la que me sentí invitada sin merecerlo, lo menos importante fueron los músicos. No me malinterpreten, el dúo Jade, Rey Ugarte, Gema Corredera, Ivette Cepeda y Marta Campos me sacuden las emociones con su talento, me hacen permanecer en la silla ignorando las gotas de agua que van cayendo, cayendo. De alguna manera comprendo que todos ellos se hacen a un lado y dejan el escenario a las canciones. Como por arte de magia comienzan a cantar pero no los veo: solo siento y me dejo llevar por el torrente, sin pensar en nada más…

Me olvido de todo; de las preocupaciones, de los fotógrafos camarógrafos y peregrinos que no se cansan de andar de un lado al otro, “interviniendo” mi punto de mira. Solo siento esa letra y esa melodía. Presto atención casi exclusiva a los sentimientos que se me acumulan sin razón, a la melancolía que me copa sin aviso.

Llora, por lo que nunca hiciste/ por lo que nunca fuiste… Llora/por los amores viejos/que se quedaron lejos/ y que tal vez añoras…

… camino cuadras y cuadras/cantando en voz alta/ nadie se explica lo que me pasa/ el mundo está al revés/resulta que me quieres… entonces entiendo, y reconozco la esperanza a pesar de mi vacío; a pesar de la carencia de un me quieres, y ya no aguanto y lloro y aprovecho las gotas de lluvia para disimular las mías…

…mejor me callo/ vuelvo la vista hacia otro lado/ mejor me hago 3 cruces en la frente…

Arrecia el aguacero pero no importa. En realidad no importa nada más allá del verso, un cierto verso, en estos días en que ando con el corazón apuntalado; esa máquina biológica que además bombea mi sangre y me hace respirar, pero sabe que en cualquier momento volverá a ser solo eso…

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4 comentarios en “impresiones inconexas de un concierto “pasado por agua”…

  1. Cuando bajaste la cabeza y apretaste fuerte los ojos, cuando dejaste escapar un soplo sordo que creo solo yo escuché, en el preciso instante en que Marta decía “resulta que me quieres”, supe que algo había cambiado en ti. No te lo dije entonces, pero sí que lo sospechaba. Un beso grande y cómplice.
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