si no pudiera verte más en el camino…

hablando de canciones desterradas

Es increíble lo que puede sucederle a una en un viaje interprovincial, cuando no existe más espacio que el que marcan la puerta, los asientos, y el paisaje que se abre a través del parabrisas. Las horas que inviertes en el trayecto te parecen casi siempre malgastadas. Como si de repente Cronos -o alguno de sus burocráticos contadores- descubriera no sé qué fondos horarios escondidos y entonces te envíe de cabeza en un asiento de Astro, para cuadrar las cuentas. No importa que creas que ese tiempo puedes utilizarlo sabiamente en otros lugares, en miles de cosas que resolver, o, mejor, conoces un par de ojos en los que no te molestaría perderte varias horas. Él decide y para allá vas, resignada a ver pasar desde tu ventanilla los kilómetros y kilómetros que siempre parecen no tener final.

Pero esa vez fue diferente, como para confirmarme una vez más que lo importante no son los minutos que se te van, sino con quién los compartes. No importa si es un desconocido misterioso, la familia que te hace más pasadera la aparente inmovilidad, o un artista que no pone cortapisas al diálogo, a las preguntas indiscretas, y se muestra más que dispuesto a mostrarte que es mucho más que el personaje del trovador trasnochado y medio hippie en el que tal vez lo has encasillado en tu mente.

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runaway

1 Al principio, el viaje a Topes de Collantes fue, sinceramente, apenas una vía de escape. Algo así como el boleto de salida hacia montones de lugares, en disímiles direcciones; muy similar a ese haz de luz multicolor que producen los fuegos artificiales cuando explotan y salen disparados de la superficie hacia el cielo, tan lejos como sean capaces de llegar.

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batido de nostalgias

Para comenbatido-de-fresazar, desempolve algunos minutos de mis recuerdos del mar, cuando de niña jugaba a pescar camarones con las manos. Seleccione los mejores, justo los de la puesta de sol, y sepárelos en un recipiente transparente, para no perderlos de vista. Agréguele tres cucharadas del sabor de aquellos coquitos prietos que hacía mi abuelo y revuelva bien con un vaso del líquido extraído de los paseos con Pape en la lanchita de Regla. Deje reposar la mezcla durante 15 ó 20 minutos, los últimos de aquel juego de las Morenas al que mi corazón sobrevivió milagrosamente.

En una cazuela aparte, corte en trozos pequeños las primeras oraciones de Crónica de una muerte anunciada. Úntelos con una cucharada del último capítulo de Tábano y dos pizcas de cualquier página de Respondo por todo; derrítalos hasta lograr una mezcla  compacta de poco brillo con Los trabajadores del mar y El Padrino. Espere a que refresque y guárdelo en el refrigerador a una temperatura no mayor de 10 grados, temperatura necesaria para leer los versos de Wichy y no morir incinerada.

En una jarra transparente reúna las dos fresas silvestres que me comí en la Aguada de Joaquín. Picotee bien tres o cuatro pedazos de las noches de Festival de Cine. Si es posible, elija Los otros y Plata quemada. Revuelva hasta que no queden grumos y pase por el colador de El jinete sin cabeza, solo para asegurarnos de que no queden restos.

Preste atención, es el momento de los ingredientes más importantes:

Tome la licuadora y limpie bien de resentimientos y frustraciones. Enjuague el vaso hasta estar seguros de que ha eliminado arrepentimientos, perdones y mentiras piadosas. Con el vaso limpio, añada mis quince segundos favoritos de la primera vez que hice el amor, endúlcelos con cinco cucharaditas de los sueños que acaricié durante diez años, equilibre con una pizca de decepción y ponga en funcionamiento su equipo eléctrico. Bátalo todo hasta no percibir la diferencia de color, textura o sabor de sus ingredientes, no olvide poner como música de fondo With or without you.

Agregue el contenido de los recipientes preparados anteriormente, y vuelva a batir, esta vez con la música de Silvio, puede seleccionarla a su gusto pero yo le recomiendo La gota de rocío. Si lo prefiere, puede optar por A la orilla de la chimenea.

Cuando todo esté bien mezclado, vierta el contenido del vaso en una tarta preparada de antemano, cubierta con una pequeña capa de emoción. Aquella que sentí en el valle Dos hermanas o navegando el Paraná. Guarde en el congelador media hora, la que usted prefiera de mis mejores tardes en el Malecón de La Habana.

Bata nuevamente y añada algunas gotas de sirope. Puede decidirse entre el chocolate de cualquier día de mi cumpleaños, o el dulce de leche de La Recoleta.

Sírvase frío en copas grandes. Adórnese con una hojita de Yerbabuena y una rodaja de mandarina villareña.

Da para dos porciones, solo las más importantes. Ideal solo para ocasiones especiales. Su consumo frecuente puede provocar adicción y depresión.

la primera vez

la-primera-vezMira quién viene por ahí– me dijeron. Y la sorpresa, cuando menos lo esperaba, donde menos podía imaginar, casi me paraliza. Menos mal que estaba sentada y no tuve que hacer malabarismos para mantener más o menos la compostura, pero estoy segura de que mis ojos hablaron en cuatro idiomas y sin necesidad de traductor. Era la primera vez en mucho tiempo que podía verlo. Mirarlo bien quiero decir, con detenimiento. Nos habíamos encontrado tres o cuatro veces desde su regreso, pero siempre estuvimos acompañados, apurados, preocupados. Ahora igual, pero no importaba. Verlo de nuevo me hizo recordar aquella primera vez. Seguir leyendo “la primera vez”

El coleccionista de mujeres


Tengo un amigo que colecciona mujeres, mejor dicho, colecciona fotografías de muchachas hermosas. Simplemente no puede evitarlo, se siente tan atraído por ellas que en ocasiones basta un rostro simétrico, una mirada atrevida, un gesto indescifrable, o el misterio que probablemente se esconda detrás de aquel flequillo, para que la imagen pase a formar parte de una colección envidiable que no hace distingos entre el color de la piel, los ojos o el cabello. El único requerimiento –me comentó un día- es que reflejen la más pura autenticidad. Seguir leyendo “El coleccionista de mujeres”

Retrato inconcluso

Durante años he intentado imaginar a aquella chiquilla regordeta de casi 15 años que mira al océano Atlántico desde la baranda del Marqués de Comillas, el gigantesco barco –como recordaría luego- que se había convertido en su casa temporal durante los últimos tres meses que se sucedieron desde que saliera del puerto de Santander. En algunas ocasiones he logrado crear la imagen de esa muchachita de largas trenzas negras y ojos de un gris inusual que no pueden disimular la tristeza contenida mientras ríe de las travesuras de sus dos hermanitos.
Aunque logro mirar a la cubierta del buque como si estuviera ante una de esas películas norteamericanas de los años 30, siempre persiste  el sabor amargo de saber que me quedo en la superficie, en el exterior que nos oculta sabe Dios qué cosas. Son tantas las emociones que aparecen en ráfaga, que me cuesta enumerarlas y –lo más difícil- explicarlas.

 Porque no puedo regresar sobre esta escena si no es desde el futuro de esa gordita que llegó al puerto de La Habana cargando sobre sus espaldas la experiencia de tres o cuatro años de guerra civil en la aldea asturiana adonde la habían enviado tiempo antes. ¿Tal vez pensaba o trataba de olvidar el dolor de la muerte del padre, la responsabilidad de saberse lo más cercano a una madre que podían tener sus dos hermanos pequeños? ¿Qué esperaba de esa ciudad que se dibujaba a lo lejos y en teoría era suya, pero constituía una incógnita tan grande como lo que quedaba atrás? ¿Cuál fue el saldo de ese sentirse no solo extranjera sino extraña en medio de una parentela que se veía también afectada por el gran terremoto que representó el proyecto y frustración mortal de la República española?, todo eso podía pasarle por la mente –o tal vez no- a esa niña que sobrevivió aquello sin portar más huellas visibles que las marcas dejadas por la vacunación exigida a la entrada de la aduana habanera.
Bueno, esas eran las externas, de las interiores es difícil hablar, solo puede una especular, y arriesgar y hasta inventar una explicación que “pegue”, porque ¿cuántas preguntas pueden responderse después de tantos años, si aquella muchacha de hermosas trenzas que luego se convirtió en mi abuela ya no está para contarme su historia?
Siempre intuí, de alguna manera inexplicable, que mi mame, como nos hacían llamarla, era diferente de las otras abuelas y hasta de mi abuela Piquica, la mamá de mi papá. Desde la pronunciación zetázea–disculpen el disparate ortográfico- que tan simpática le parecía a los chiquillos del barrio para quienes era una gracia oírle decir que en su pueblo, allá en España, se comía chorizo, zalame, zalchicha…, su pasión por la sopa de ajo, las danzas acompañadas del malabarismo hipnótico de las castañuelas, hasta aquella canción de cuna medio macabra con la que nos adormecía a todos los nietos y que nosotros, como buenos herederos, hemos mantenido y empleamos ahora con sus bisnietas, las pobres. Esas fueron algunas de las pistas iniciales que me hicieron sospechar desde chiquita que tenía una abuela peculiar, pero eran las menos importantes. Las “de verdad” fui conociéndolas y acumulándolas luego, a medida que crecía y oía los cuentos dispersos de boca de mi mamá y mis tíos.
Con el correr de los años fui comprendiendo que lo que hacía especial a mi abuela no eran las costumbres asturianas que quiso mantener vivas en la familia, como un cuento lejano, ni el gusto “exótico” por los frutos secos en Fin de Año, o las combinaciones de sabores un poco raros con las que de vez en cuando alegraba el menú de nuestra infancia. Única mujer entre siete hermanos que luego de la muerte del padre fueron educados por la voluntad y disciplina férrea de mamá Ángela–como le decíamos a mi bisabuela-, mameparecía un personaje de otro mundo, incongruente con su época.
Qué otra cosa puede una pensar de una muchacha que supo defender e imponerse –a veces con éxito, otras no tanto- a la voluntad de seis hermanos machistas que la vieron siempre como una mezcla de madre y colegiala que debía seguir sus opiniones y directrices, tan solo por el hecho de ser “los hombres de la casa”. De alguien que, sobreponiéndose a las convenciones mojigatas de la clase media baja –con ínfulas de llegar a más- en el círculo de emigrados españoles de Guanabacoa, se enamoró y defendió el amor de aquel villareño descendiente de chinos mambises, portador de un legado de valentía y dignidad… pero nada más. ¿Increíble, verdad? Como en esas historias donde la Damita de sociedad huye de los esquemas asfixiantes para vivir su vida a lo largo y lo ancho… salvando las distancias, claro, porque mi abuela no era de alta sociedad, pero solo por eso.
De tantas veces que he hecho que mi mamá la repita, casi puedo entrar a la sala ese día de 1950 y ser parte de aquella escena tensa en la que mi jovencísima abuela, en medio del consejo familiar conformado por la madre y los hermanos, que pensaban casarla con el hijo de los dueños del cine Carraly el tostadero Regil, dejó caer dos noticias fulminantes, de efecto tan devastador como las bombas nucleares. La primera fue el ultimátum, pronunciado con todas sus letras y entonaciones: o la dejaban casarse con el Chino –como le decían al que terminaría convirtiéndose en mi abuelo y acabaría con la herencia de los ojos azules asturianos- o se fugaba con él; y la segunda, que estaba embarazada de algunos meses, hecho consumado e irreversible. Sólo puedo arriesgar a imaginar el silencio de muerte y las miradas acusadoras que tuvo que aguantar mi mame, o -conociendo como conozco a mi familia y el mal carácter de algunos de los tíos de mi mamá-, callar pacientemente pero sin vacilar, mientras la habitación se convertía en un hervidero de voces y amenazas contra la vida del joven “culpable”. Con esa decisión mi abuela nos dio a sus descendientes, primero, la posibilidad de existir, y segundo, la lección de diferenciar entre lo esencial y lo aparente, de luchar siempre, contra viento y marea, por lo que se quiere y en lo que se cree. Una lección que hemos olvidado a veces con demasiada frecuencia mis primos y yo.
Lo extraordinario es que esto fue solo una muestra de la capacidad de reinventarse de esa muchacha de ojos grises que un día, tan pronto pudo, cortó sus largas trenzas como expresión de rebelión contra las cadenas que imponían lo que debía ser una mujer para ser considerada atractiva… y nunca más, ninguna de las mujeres que nacieron en la familia llegamos a tener el pelo largo, para fastidio secreto de mi abuelo que lo ocultaba muy bien, porque entendía que en esa mujer valiente que lo eligió se había materializado el milagro que le alegraría la vida hasta su muerte en 1991.
Mi mame murió pocos años después, el 12 enero de 1995, casi un mes antes de que naciera mi hermanito –que ya no es tan chiquito con 18 años encima-, cuando yo era una chiquilla a punto de cumplir 14 años. No tuve mucho tiempo para hacerle algunas de aquellas preguntas indiscretas que tanto me gustaba hacerle a mi abuela Piquica, mientras me entrenaba para mi oficio de historiadora – ¿o de chismosa?-; pero si alguien, siguiendo aquella canción de Silvio, me pregunta por las mujeres que me han estremecido en la vida, sin dudas pondría entre los primeros lugares a esta muchacha regordeta que volvió un día de la guerra civil y supo sacar fuerzas de donde tal vez no había para ver la vida desde aquella perspectiva particular que se convirtió en su brújula personal, ajena a convencionalismos, formalidades y estereotipos.