Qué hacer cuando en la pantalla aparece The End, dice Paula Bonet

gracias a Angelilla, por la contraportada de este libro que algún día tendré que leer.

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Un libro sobre finales que llegan, sin avisar, que nos parten en dos mitades, que se arrastran durante años y que nunca se acaban porque confunden orgullo con recuerdo. Y entonces cogemos trenes, reservamos habitaciones de hotel en pueblos olvidados, vivimos enganchados a pantallas esperando que alguien decida hablarnos par a informarnos del siguiente movimiento, el que nos acercará conscientemente a un final que hace años que buscamos. Pero ese final no llega. Y de repente un día nos despertamos y sentimos el vacío: en la pantalla aparece THE END y decidimos empezar otra historia. Una en la que nunca tengamos que fingir que no nos conocemos. Esta es la historia.

25/26

 

Dibujo Mis abuelos se llevaban un día de diferencia, apenas 24 horas. Nunca logro recordar quién nació el 25 y quién el 26 de agosto. Incluso eso me ha impedido disolver el vínculo que los ha mantenido fusionados en mis recuerdos, mis cariños y nostalgias. Es casi imposible pensar en este par por separado, y mira que me han rondado en estas últimas semanas, no sé si por aquella marcada afición a las efemérides con la que nos han educado, o tal vez porque sí, porque es su cumpleaños y los cumpleaños son para eso, ¿no? para hacernos recordar.

Llegan sin anunciarse, callados, sin muchas pretensiones, en la forma de mis primeras instantáneas de una lanchita de Regla totalmente distinta a la de ahora, pintada con colores vivos (¿vivos?, no sé, solo les transmito la sensación de claridad que todavía permanece), llena de asientos y prácticamente vacía, similar a los barcos de recreo que de vez en cuando se ven en las películas latinoamericanas. O con aquellas tardes de puerta a la calle en que era todo un espectáculo pasar tres o cuatro horas sentada a los pies del sillón de mi abuela, viéndola mecerse con suavidad, mientras vigilaba el ir y venir de los vecinos, siempre atenta, siempre con un saludo a mano, preocupada por la niña enferma, por el trabajo de Mengano, o las noticias de Fulana. O acompañar a mi abuelo junto a mis primas en una de esas caminatas enormes por los lugares más insospechados de Guanabacoa, que él nos describía como aventuras de exploración… lo mejor son las noches, cuando me escapaba del abrazo asfixiante de mi mamá y me iba a la cama de mis abuelos, a estirarme a todo mi largo infantil sobre la almohada (juro que algún día me haré una almohada de esas, larga y única, indivisible), porque me encantaba, además de sentir el calor de mis abuelos, adormecerme con el sonido constante del tic-tac, tic-tac de Radio Reloj … llegan a ser muchos, incontables casi, más de lo que creía hasta ahora…