Cosas como “la consagración universal”, realmente me son profundamente indiferentes

Esto es algo que, probablemente, ya se haya transcrito, publicado y leído miles de veces desde que Cortázar diera esta entrevista en 1977 al programa “A fondo” de Radio y Televisión Española. Pero ayer, mientras veía las dos horas de conversación recordé a tantos amigos, me vinieron a la memoria tantos comentarios y argumentos compartidos y rebatidos que quise regalarles, si no el contenido “inédito”, al menos la constancia de mi esfuerzo jajaja.

Ah, si a alguien le interesa ver completa la entrevista, me avisa…

 

Aquí les va el fragmento donde Cortázar explica el cómo y el por qué de RAYUELA:

 

[…]

220px-Cortazar2 A 14 años de su publicación ¿qué significa para ti exactamente Rayuela?

C:

No creo que sea demasiado fácil sintetizar algo que de alguna manera es la experiencia de toda una vida y la tentativa de decirla, de llevarla a la escritura. Pero sí, puedo darte algunas ideas un poco generales. Yo no creo que sea una anti-novela, porque la noción es muy negativa: anti-novela, parecería una tentativa casi venenosa de destruir la novela como género, y no es eso, al contrario, es una tentativa de encontrar nuevas aperturas, nuevas posibilidades novelescas. Pienso que la novelas es uno de lo vehículos literarios más fecundos, y en nuestro tiempo tiene una vigencia muy grande, no imaginamos el número de lectores que tiene la novela. NO, no es eso, pero cuando alguien dijo también que era una contra-novela, eso está ya más cerca de la verdad porque fue una tentativa para tratar de eliminar, de ver de otra manera, el contacto entre una novela y su lector.

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mujeres guerreras

pasión+2Por Rosa Montero

Me explica un amigo que las noches se han vuelto procelosas. Él está hablando de las noches madrileñas, pero me parece que lo que cuenta puede estar sucediendo en cualquier parte. Con la palabra “noches”, mi amigo se refiere a ese momento incierto de la alta madrugada, cuando todas las gentes de bien, e incluso algunas de mal, se han retirado. Ese instante en el que los relojes se detienen y las calles, relucientes y vacías, parecen distintas.
No es el turbador aspecto de la ciudad nocturna lo que inquieta a mi amigo, y tampoco el consabido espasmo metafísico, esa pregunta básica del “quién-soy-de-dónde-vengo-adónde-voy” que suele asaltarle a uno a esas horas tontas de la madrugada, mientras contempla ensimismado el culto vacío de una copa de whisky malísimo. No. Lo que le preocupa, donde él ve el peligro, es en las mujeres. En las voraces chicas.
Mi amigo es, claro está, varón. Además es heterosexual, está felizmente emparejado y anda rondando los cuarenta. Pese a su edad, desde luego peligrosísima en un hombre español, porque indica que, en su infancia y su primera juventud, aún pudo estar sometido a la influencia del machismo más zote y primitivo, mi amigo es un hombre inteligente y suave, un tipo decente. Desde esa decencia básica, y con cierto estupor, es como él cuenta esta rara batalla, esta nueva versión del conflicto entre sexos.
“Las noches se han vuelto peligrosas”, dice él, muy serio. “Es algo que comentamos los hombres entre nosotros. Cuando se acerca la hora del cierre de un local, por ejemplo, tú ves que los hombres empiezan a ponerse nerviosos; y a lo mejor se te acerca un amigo muy apurado y te dice que por favor no le dejes solo. Y es que hay una mujer por ahí que le está rondando y que está decidida a llevárselo a la cama. Son mujeres tremendas, no las detiene nada. La noche, la alta noche, está últimamente llena de mujeres como ellas, mujeres solas, que van a la caza”.
Hace diez o quince años, los chicos empezaron a sufrir la tentación viril de la parálisis. Muchos hombres se sintieron amedrentados por el nuevo papel de la mujer; no querían ser tachados de machistas y, estando como estaban desconcertados y perdidos de sí mismos, decidieron que, para no equivocarse, lo mejor era no hacer nada. Nació así una generación de varones totalmente pasivos, lacios entrañables, amuermadas rémoras.
Crecieron los pasivos y se multiplicaron, y algo debe quedar en los varones de hoy de aquella tentación paralizante, y del miedo que tradicionalmente han sentido los hombres frente a una mujer que elige y decide, que escoge y organiza: no hay más que recordar que el mito clásico de la hembra amorosamente activa es la vampiresa, una mujer perversa que destruye a lo9s hombres –les chupa la vida, la sustancia, como los vampiros chupan la sangre a sus víctimas. Algo debe de quedar de todo esto, digo, pero además hay otros ingredientes. Porque lo que asusta a los hombres, cuenta mi amigo, es la necesidad y la extrema pasión.
“A muchos no les importaría tener una historia –explica él. Es decir, les gustaría tenerla, si la cosa no alcanzara mayor trascendencia. Pero es que estas mujeres que te digo se te echan encima de ti, te quieren poseer absolutamente. Las ves, las reconoces enseguida. Y nos avisamos entre nosotros: cuidado, que ésa es un marrón…”.
Recordemos la fórmula básica tradicional de las relaciones amorosas: las mujeres dan sexo para obtener cariño, y los hombres dan cariño para obtener sexo. Se diría que, en el relato de mi amigo, la segunda parte del enunciado ya no se cumple como antes. Sí, los hombres parecen seguir estando más interesados en el sexo que en el cariño, pero ya no están tan interesados como para molestarse en dar cariño, cosa que siempre es una inversión costosa y un compromiso. Eso es, los chicos se están enfriando cual lagartos.
En cuanto a las mujeres, esas mujeres guerreras de las noches tardías, tampoco parece que hayan sabido controlar la dependencia afectiva. Posiblemente poseen una profesión, amigos, familia; pero, aun así, quizá no han superado ese tópico de la educación femenina que les hace sentirse derrotadas si no tienen pareja. La única diferencia con sus abuelas es que ellas ahora atacan, cierran los bares, peinan la noche, le plantan una mano a los hombres en la entrepierna; del mundo masculino parecen haber copiado lo peor, la avidez invasora del ligón. Sin duda, eso es mejor que consumirse de melancolía y doncellez tras un visillo; pero, la verdad, no acabo yo de ver que esa inversión de papeles, esas hembras guerreras y esos hombres ofídicos, constituyan un resplandeciente avance para la causa.

los conversadores

Les cuento que pertenezco a una secta secreta y extendida por todo el mundo. Sí, acabo de enterarme hace unos días mientras leía esta joyita literaria de Ángeles Mastretta. Por si fuera poco, me di cuenta que muchos de mis amigos más cercanos y hasta algunos nuevos conocidos “militan” también a ella. Como por “mandato superior” vamos cumpliendo con aquel refrán popular que reza aquello de que “Dios los cría y el Diablo los junta”. Vamos chocando unos con otros en la vida y, sin pretenderlo o sospecharlo,  estrechamos los círculos de una conspiración global que sigue empeñada en permanecer y no discrimina razas, géneros, edad o cultura.

Esta es una de las historias que hubiera querido escribir algún día, pero como ya se me adelantaron, aquí la traigo, para compartir con los amigos, conocidos, familiares y mascotas que se sientan como yo: reflejados, retratados, diseccionados, en Los conversadores.

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 Los conversadores

 Ángeles Mastretta

Yo vengo de un tiempo humano, cada vez más remoto, en el que conversar era el don, el privilegio y la costumbre más encomiable. No sé si ese tiempo tuvo lugar o si a lo largo de los siglos estamos distribuidos, aquí y allá, los habitantes de su espacio. Creo más probable esta segunda opción, la creo porque he aprendido a reconocer de lejos a los miembros de esta especie de secta cada vez más exigua que podríamos llamar los conversadores. No hay necesidad de trámite, ni de credenciales ni de registros para ser un buen conversador. Seguir leyendo “los conversadores”