El “casi” que no cambia

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Me gusta pensar  que los blogs tienen vida propia, y que esa vida muchas veces logra alcanzar cierta autonomía, cierto desfase del autor/dueño(a). Pero estoy convencida de que es solo “en cierta medida”, solo para determinados aspectos.  No sé todavía qué escribiré ahora, qué temas o imágenes o preocupaciones comenzarán a rondarme hasta el cansancio o la impaciencia. Pero lo que sí sé -porque lo dice todo el mundo, porque lo saben todos desde mucho antes de aquel filósofo loco que comprendió que uno nunca se baña dos veces en el mismo río-, es que será diferente, tiene que ser diferente, como casi todo en estos tiempos de mi vida.

Y por supuesto, entre ese “casi” que no cambia se mantiene esa afición mía a divagar de vez en cuando; esa necesidad de definir, pronunciar, adelantar eventos que pueden ir mostrándose por sí solos. Pero como dije, eso es parte del “casi” que no cambia.

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Qué hacer cuando en la pantalla aparece The End, dice Paula Bonet

gracias a Angelilla, por la contraportada de este libro que algún día tendré que leer.

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Un libro sobre finales que llegan, sin avisar, que nos parten en dos mitades, que se arrastran durante años y que nunca se acaban porque confunden orgullo con recuerdo. Y entonces cogemos trenes, reservamos habitaciones de hotel en pueblos olvidados, vivimos enganchados a pantallas esperando que alguien decida hablarnos par a informarnos del siguiente movimiento, el que nos acercará conscientemente a un final que hace años que buscamos. Pero ese final no llega. Y de repente un día nos despertamos y sentimos el vacío: en la pantalla aparece THE END y decidimos empezar otra historia. Una en la que nunca tengamos que fingir que no nos conocemos. Esta es la historia.

las palabras

A veces las palabras tienen un aire definitivo. Una no lo siente en el momento. Las ha dicho tantas veces ya, que la primera impresión es de una cierta normalidad que luego va cambiando con el paso de los minutos, a medida que vas comprendiendo que suenan, se sienten, lucen diferentes, como con más peso, más cansadas, aburridas de seguir saliendo siempre en las mismas condiciones, con idéntica resignación al cambio que vendrá a los pocos segundos. Y ahí es donde empiezas a sentir ese aire de definitivo, de rebelión, de: hasta aquí, esta vez sí nos mantendremos en lo que somos.

la cola de la serpiente

Dice que no se entiende, que por eso no logra explicarme. Que “algún día”, cuando consiga contarme, yo lograré comprenderlo. Yo le digo que lo entiendo… pero no tanto. Llego a lo sumo a sentir simpatía y solidaridad con esa desazón, con ese no saber qué vas a sentir dentro de media hora, esa inconstancia de la fuerza de voluntad que en este minuto te dice que la vas a dejar, y al cabo te hace negarte dos o tres veces antes de empujarla nuevamente contra la pared y hacerle el amor con la misma vehemencia, la misma necesidad de sentirte acogido que has experimentado tantas otras veces a lo largo de estos años. Yo le digo que lo entiendo y él lee en mi rostro, en mis silencios; sabe que no lo hago del todo, pero intenta creerlo. Sé que prefiere el beneficio de mis dudas e inconstancias, de esos plazos y ultimátums de los que yo misma dudo con toda la sangre fría que me brinda ese no conocerme, esa sensación de no saber cómo o qué voy a sentir dentro de media hora, esa volátil fuerza de voluntad que en un momento me hace estar rotundamente segura de que tengo y puedo y voy a dejarlo… para al cabo de los días dejarme empujar nuevamente contra la pared y pedirle que me haga el amor con la misma vehemencia, con esa necesidad de acogerlo, idéntica a la de las semanas anteriores, como si antes de él no hubiera nada que valga la pena recordar. Y así andamos, solidarios, visceralmente ligados… hasta “algún día”, cuando uno de los dos se niegue demasiadas veces o logre al cabo entenderse. Y llegue el fin.

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Escribir… ¿para qué?, ¿para mantener viva la ilusión de que puedes aportar algo a los otros, hacer una diferencia?, ¿para poder dormir cada noche con la conciencia tranquila, porque alguien tal vez leyó tus recomendaciones, denuncias, descripciones? Escribir… ¿para qué?, ¿para extirpar los demonios personales?, ¿para alimentar la visión de que poniéndolos en blanco y negro lograrás hacerlos desaparecer y conseguir así olvidar?, ¿tal vez para engañarte a ti misma y consolarte con la ficción, la fantasía? , ¿escribir para mentirte, para ignorar que ciertos asuntos, ciertas distancias, son insalvables? Escribir… ¿para qué?, ¿para regodearte en la calidad de tu estilo, en la riqueza de tu prosa?, ¿o acaso para perderte, encontrarte, disimularte en medio de los otros que también escriben, recrean, reinventan las normas de redacción, juegan con los límites de la gramática? Escribir… ¿para qué?

me llegó hace mucho tiempo en una canción

sud-mandela-jovenEste es uno de esos recuerdos de niñez que se te quedan clavados con tanta claridad que a veces piensas que estás mirando una escena de esas que una puede ver como si estuviera del otro lado de la pantalla. Nadie me la contó, de hecho, estoy casi segura que nadie más estuvo presente el día en que aquel joven angolano me cantó la canción que me trajo a Nelson Mandela. Seguir leyendo “me llegó hace mucho tiempo en una canción”

¿desnuda?

pudor2Es fácil desnudarse ante un hombre. Uno solo, y no con cualquiera, porque les confieso que una de las peores pesadillas que he tenido en la vida es aquella en que, sin saber cómo, de pronto me encuentro caminando en la calle, sin una sola pieza de ropa encima, constituyendo el foco de la atención de todos los transeúntes. Pero ante un hombre que me gusta, por quien siento atracción física, es muy fácil desnudarme, y  andar luego por la casa, mientras le oigo conversar desde la cama.

Lo difícil es lo otro: desnudar el alma. Hacer públicos mis sueños; presentar ante  otra mirada mis ansiedades y mis miedos. Mostrar la cara detrás del personaje. Eso es lo complicado. Porque no es solo que te expones entera -o casi-, vulnerable, con todas las sombras a cuestas. No, es difícil y además doloroso. Desnudar el alma no es bueno, casi siempre lo mejor es mantenerla vestida, bien arropada.