Resaca cumpleañera

11024627_10206255450930059_5341898268570398371_nLeila puede escribir que al final del día, ahí cuando sacas la cuenta, la gente se salva sola. Entiendo esa lógica, y en general estoy de acuerdo con ella. Nadie puede hacer por ti lo que solo de ti depende. Pero ayer, sentada en el Malecón, entretenida con los barquitos portugueses que se adivinaban en la oscuridad; rodeada del caos conversacional de Tamara, Marian, David, Rafa, Rache, Kako,Ale, Marco, Libert, Tunie e István se me ocurrió que tal vez no sea tan así como ella cree. Tal vez en algún que otro momento necesitamos de la gente para, por lo menos, tener el deseo de salvarnos.

Supongamos

Hagamos un ejercicio de la imaginación. Supongamos por un momento que no hablamos de Villafranca. Que en lugar de vivir en ese barrio marginado, pobre, de Los Palacios, vive en un reparto en las afueras de la capital. Que no se abrió el camino hasta la profesión de enfermero a través de años de jornalero y obrero calificado, sino que estudió una carrera universitaria y fue de los alumnos más brillantes. Pensemos por un momento que en lugar de dedicar sus ratos libres y sus noches a travestirse y doblar a alguna que otra cantante famosa en el cabaret del pueblo, desde joven sentía pasión por los cartoons y hasta llegó a tener una tira semanal en Dedeté.

Olvidemos que su compañero de los últimos años es un muchacho enfermo de VIH, y veamos mejor cómo conoce un día a aquella muchacha en la parada de guaguas del reparto; cómo logra enamorarla y hacerla su novia para muchos años, y cómo ese amor salva las distancias y las rejas, y perdura hasta el regreso, versos de Silvio de por medio.

Supongamos todo eso, y supongamos también que no va al África a ayudar a salvar vidas, las vidas de miles de hombres, mujeres y niños infectados con el Ébola; protege en su lugar a miles de cubanos y cubanas con su trabajo anónimo, peligroso, al frente de una red de agentes de inteligencia que monitorea las actividades de grupos terroristas de origen cubano que en Miami planean acciones de desestabilización contra el país.

Pensemos que no muere de paludismo cerebral allá del otro lado del Atlántico y que esa muerte nos conmueve porque llega, precisamente, mientras está curando, salvando a los pobres de la tierra, los más desposeídos, los más olvidados, los que siguen siendo simples números en las estadísticas de la OMC. Sino que luego de 16 años de prisión regresa a Cuba para volver a sacudir esta isla y hacernos recordar una vez más, por suerte, el tipo de seres humanos con quienes convivimos todos los días, esos que llevan adentro el decoro de muchos.

¿Una vida es menos digna que la otra? ¿Acaso no estamos violando la privacidad de estas dos vidas por igual, en nuestra necesidad de llegar a sentir que somos capaces de tocarlos con las manos? ¿Por qué nos escandaliza la indagación en la vida de uno, mientras los detalles también privados del otro son publicados, comentados, compartidos en la prensa, la radio y la televisión? ¿O es que de “lo malo”, “lo feo” es preferible no hablar? ¿Por qué? ¿Eso que es “malo”, “feo”, “contrahecho” desluce el acto heroico?

Seamos honestos. Lo que nos duele, lo que nos hiere, no es que un periodista devele “aspectos de la vida privada” de Villafranca; lo que nos golpea en el pecho y nos hace quedarnos sin aliento no es que ese mismo periodista traspase no sé qué barreras éticas y nos muestre una imagen del enfermero cubano que, según alguno, “mancilla” su heroicidad. Lo que nos jode, lo que nos hace tambalear, son las sombras de una realidad que es cotidianidad de muchos cuban@s hoy, y que no se va a ir tan solo porque la desterremos de nuestros medios de comunicación.

Nos negamos a ver la imperfección porque tenemos la idea equivocada de que solo los Mesías nos salvan del lodo; o porque nos enfocamos solo en la idea de que ese ser imperfecto es fruto de los males, los errores, las injusticias de nuestra sociedad, que existen, están, y tenemos que arreglar, pero muchas veces optamos por ignorar. Y no podemos, o no sabemos, o no hemos encontrado todavía la manera de comprender que estos seres humanos imperfectos que somos, y que vivimos en barrios parecidos o cercanos o similares a ese de Los Palacios, somos fruto también de esa misma sociedad que promueve, cultiva, construye, y que así hemos hecho esta nación a lo largo de los siglos, y le hemos dado nombre, forma y sustancia a nuestra utopía en la Sierra, en Girón, en esas tierras del mundo que han recabado nuestros esfuerzos… ahí no hubo Ungidos, ni Elegidos, ni perfectos caballeros intachables e inmaculados, solo hombres y mujeres contrahechos algunos, inacabados, que da alguna manera y sin gritarlo a los cuatro vientos, supieron sintetizar en sus acciones esa esperanza en el futuro mejor posible, y en el ser humano mejor que todos quisiéramos ser.

Y tan sólo por hacerme pensar en estas cosas, tan solo por eso, creo que vale la pena que Carlos Manuel haya ido hasta allá hasta Pinar del Río, se haya entrevistado con los vecinos y familiares de Villafranca, y haya escrito este retrato lleno de claroscuros con los que tal vez comulgue o no, pero están ahí, son, y no los quiero ni puedo obviar.

Qué hacer cuando en la pantalla aparece The End, dice Paula Bonet

gracias a Angelilla, por la contraportada de este libro que algún día tendré que leer.

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Un libro sobre finales que llegan, sin avisar, que nos parten en dos mitades, que se arrastran durante años y que nunca se acaban porque confunden orgullo con recuerdo. Y entonces cogemos trenes, reservamos habitaciones de hotel en pueblos olvidados, vivimos enganchados a pantallas esperando que alguien decida hablarnos par a informarnos del siguiente movimiento, el que nos acercará conscientemente a un final que hace años que buscamos. Pero ese final no llega. Y de repente un día nos despertamos y sentimos el vacío: en la pantalla aparece THE END y decidimos empezar otra historia. Una en la que nunca tengamos que fingir que no nos conocemos. Esta es la historia.

Hoy liberé una mariposa

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Por Raúl Medina

 

Supón que casi todo el mundo sabe quién es tu padre pero tú no lo conoces, al menos como debiera conocer un hijo a su viejo. Supón que tu padre es unos pocos papeles y fotos, un recuerdo que por antiguo no hace recordar nada ya. Irónicamente, alguna gente te identifica más por su figura, que por ti. «Aquel es el hijo de Tuma», dicen, o «aquella muchacha es la niña de Olo Pantoja».

Por último supón que un día te traen al viejo en una caja poco más grande que una de zapatos y lo depositan en Santa Clara, en un mausoleo junto al Che porque lo mataron a su lado, en la selva.

Este es, a grosso modo, el conflicto detrás de los testimonios revelados en Hoy liberé una mariposa (2012, 27 min). Resulta una documental sencillo, que no superficial, y con él Rodolfo Romero y Pedro Moya (sus guionistas y directores) hallaron otra manera de mirar a las luchas revolucionarias del siglo XX latinoamericano, concretamente la odisea trunca del Che.

Sin embargo, para serles sincero, esta no es una película “guevariana” tradicional. Si quiere alimentarse del mito mejor consiga una copia de San Ernesto nace en La Higuera (Isabel Santos y Rafael Solís, 2006) o de Che, un hombre nuevo (Tristán Bauer, 2009).

El lente aquí se enfoca en otra dirección: hacia el dorso de la historia oficial, hacia los hijos que dejaron él y muchos de los integrantes del destacamento que le acompañó en Bolivia. Por eso lo que todos conocemos, los preparativos preliminares, el despliegue sobre el terreno de combate y el desenlace de la misión, ocupan más o menos un cuarto de la película, resuelto con fotos y secuencias puntuales (incluidos documentos de extraordinario valor, como la grabación inédita de Tania la Guerrillera y José Martínez Tamayo). Luego a la esencia: 45 años después de la partida de sus padres, aquellos niños hablan sobre sus imágenes, las pocas que guardan y las que les construyeron.

Estamos ante un tema de esos que llaman “sensibles”, de los que mueven fácilmente a la condescendencia, pero los realizadores no se dejan llevar en ningún momento por el melodrama ligero. No lo hacen con los socorridos excesos de primeros planos a rostros o manos. Tampoco la banda sonora (con música que Gustavo Santaolalla concibiera para Diarios de motocicleta) espera lágrimas, sino recrear atmósferas y sugerir, más que denotar. Si antes dije sencillo fue porque el documental avanza en un natural transcurrir, sin complicaciones dramatúrgicas ni efectismos o altisonancias visuales.

Hacia al final comenzamos a preguntarnos si valió la pena que aquellos jóvenes dejaran sus familias para caer lejos y olvidados, que durante treinta años fueran fango de una tierra pobrísima, si un acto de heroísmo significa algo más allá del acto mismo. Pero hay una secuencia que lo pone en claro: sus hijos (la mayoría, por lo menos), aceptan que aquellos guerrilleros tomaron una decisión que los hizo más libre por unos meses, y fueron felices. Los niños solo pedían tenerlos cerca, aunque estuvieran muertos.