la cola de la serpiente

Dice que no se entiende, que por eso no logra explicarme. Que “algún día”, cuando consiga contarme, yo lograré comprenderlo. Yo le digo que lo entiendo… pero no tanto. Llego a lo sumo a sentir simpatía y solidaridad con esa desazón, con ese no saber qué vas a sentir dentro de media hora, esa inconstancia de la fuerza de voluntad que en este minuto te dice que la vas a dejar, y al cabo te hace negarte dos o tres veces antes de empujarla nuevamente contra la pared y hacerle el amor con la misma vehemencia, la misma necesidad de sentirte acogido que has experimentado tantas otras veces a lo largo de estos años. Yo le digo que lo entiendo y él lee en mi rostro, en mis silencios; sabe que no lo hago del todo, pero intenta creerlo. Sé que prefiere el beneficio de mis dudas e inconstancias, de esos plazos y ultimátums de los que yo misma dudo con toda la sangre fría que me brinda ese no conocerme, esa sensación de no saber cómo o qué voy a sentir dentro de media hora, esa volátil fuerza de voluntad que en un momento me hace estar rotundamente segura de que tengo y puedo y voy a dejarlo… para al cabo de los días dejarme empujar nuevamente contra la pared y pedirle que me haga el amor con la misma vehemencia, con esa necesidad de acogerlo, idéntica a la de las semanas anteriores, como si antes de él no hubiera nada que valga la pena recordar. Y así andamos, solidarios, visceralmente ligados… hasta “algún día”, cuando uno de los dos se niegue demasiadas veces o logre al cabo entenderse. Y llegue el fin.

la primera vez

la-primera-vezMira quién viene por ahí– me dijeron. Y la sorpresa, cuando menos lo esperaba, donde menos podía imaginar, casi me paraliza. Menos mal que estaba sentada y no tuve que hacer malabarismos para mantener más o menos la compostura, pero estoy segura de que mis ojos hablaron en cuatro idiomas y sin necesidad de traductor. Era la primera vez en mucho tiempo que podía verlo. Mirarlo bien quiero decir, con detenimiento. Nos habíamos encontrado tres o cuatro veces desde su regreso, pero siempre estuvimos acompañados, apurados, preocupados. Ahora igual, pero no importaba. Verlo de nuevo me hizo recordar aquella primera vez. Seguir leyendo “la primera vez”

Muchacho loco

Muchacho loco: cuando me miras

con disimulo de arriba a abajo

siento que arrancas tiras y tiras de mi refajo…
Muchacho cuerdo: cuando me tocas
como al descuido la mano, a veces,
siento que creces
y que en la carne te sobran bocas.
Y yo: tan seria, tan formalita,
tan buena joven, tan señorita,
para ocultarte también mi sed
te hablo de libros que no leemos,
de cosas tristes, del mar con remos,
te digo: usted.

Carilda Oliver

El coleccionista de mujeres


Tengo un amigo que colecciona mujeres, mejor dicho, colecciona fotografías de muchachas hermosas. Simplemente no puede evitarlo, se siente tan atraído por ellas que en ocasiones basta un rostro simétrico, una mirada atrevida, un gesto indescifrable, o el misterio que probablemente se esconda detrás de aquel flequillo, para que la imagen pase a formar parte de una colección envidiable que no hace distingos entre el color de la piel, los ojos o el cabello. El único requerimiento –me comentó un día- es que reflejen la más pura autenticidad. Seguir leyendo “El coleccionista de mujeres”

el único apetito que no se sacia nunca

Sucede casi siempre que las relaciones que el amor comenzó, concluyen por no tener más lazo de unión que el del deber. -¿Es que la satisfacción del amor mata el amor? -¡No! Es que el amor es avaricioso, insaciable, activo: es que no se contenta con los sacrificios hechos sino con los sacrificios que se hacen. Es que es una gran fuerza inquieta, que requiere grandes alimentos diarios, es que es el único apetito que no se sacia nunca.
No es que anhele cuerpo que lo sacie: es que solo la solicitud incesante y tierna, visible y sensible, lo alimenta. Creen las mujeres con error, y creen los hombres, que una vez dada la gran prenda, la prenda del cuerpo; el beso sacudidor, todo está dado, y todo conseguido. ¡Oh, no! El alma es espíritu y se escapa de las redes de la carne: es necesario conquistarla con espíritu…
No ha de desperdiciarse ocasión alguna de consolar toda tristeza, de acariciar la frente mustia, de encender la mirada lánguida, de estrechar una mano caliente de amor. Perpetua obra, obra de todo instante es la ternura. Si no, ¡el amor no satisfecho busca empleo! Hay una palabra que da idea de toda la táctica del amor: rocío-goteo. Que haya siempre una perla en la hoja verde: una palabra en el oído, una mirada meciente en nuestros ojos; en nuestra frente, un beso húmedo.
El que así no ame, no será jamás amado.
Y eso señor@s, lo escribió José Martí en el siglo XIX.