si no pudiera verte más en el camino…

hablando de canciones desterradas

Es increíble lo que puede sucederle a una en un viaje interprovincial, cuando no existe más espacio que el que marcan la puerta, los asientos, y el paisaje que se abre a través del parabrisas. Las horas que inviertes en el trayecto te parecen casi siempre malgastadas. Como si de repente Cronos -o alguno de sus burocráticos contadores- descubriera no sé qué fondos horarios escondidos y entonces te envíe de cabeza en un asiento de Astro, para cuadrar las cuentas. No importa que creas que ese tiempo puedes utilizarlo sabiamente en otros lugares, en miles de cosas que resolver, o, mejor, conoces un par de ojos en los que no te molestaría perderte varias horas. Él decide y para allá vas, resignada a ver pasar desde tu ventanilla los kilómetros y kilómetros que siempre parecen no tener final.

Pero esa vez fue diferente, como para confirmarme una vez más que lo importante no son los minutos que se te van, sino con quién los compartes. No importa si es un desconocido misterioso, la familia que te hace más pasadera la aparente inmovilidad, o un artista que no pone cortapisas al diálogo, a las preguntas indiscretas, y se muestra más que dispuesto a mostrarte que es mucho más que el personaje del trovador trasnochado y medio hippie en el que tal vez lo has encasillado en tu mente.

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