25/26

 

Dibujo Mis abuelos se llevaban un día de diferencia, apenas 24 horas. Nunca logro recordar quién nació el 25 y quién el 26 de agosto. Incluso eso me ha impedido disolver el vínculo que los ha mantenido fusionados en mis recuerdos, mis cariños y nostalgias. Es casi imposible pensar en este par por separado, y mira que me han rondado en estas últimas semanas, no sé si por aquella marcada afición a las efemérides con la que nos han educado, o tal vez porque sí, porque es su cumpleaños y los cumpleaños son para eso, ¿no? para hacernos recordar.

Llegan sin anunciarse, callados, sin muchas pretensiones, en la forma de mis primeras instantáneas de una lanchita de Regla totalmente distinta a la de ahora, pintada con colores vivos (¿vivos?, no sé, solo les transmito la sensación de claridad que todavía permanece), llena de asientos y prácticamente vacía, similar a los barcos de recreo que de vez en cuando se ven en las películas latinoamericanas. O con aquellas tardes de puerta a la calle en que era todo un espectáculo pasar tres o cuatro horas sentada a los pies del sillón de mi abuela, viéndola mecerse con suavidad, mientras vigilaba el ir y venir de los vecinos, siempre atenta, siempre con un saludo a mano, preocupada por la niña enferma, por el trabajo de Mengano, o las noticias de Fulana. O acompañar a mi abuelo junto a mis primas en una de esas caminatas enormes por los lugares más insospechados de Guanabacoa, que él nos describía como aventuras de exploración… lo mejor son las noches, cuando me escapaba del abrazo asfixiante de mi mamá y me iba a la cama de mis abuelos, a estirarme a todo mi largo infantil sobre la almohada (juro que algún día me haré una almohada de esas, larga y única, indivisible), porque me encantaba, además de sentir el calor de mis abuelos, adormecerme con el sonido constante del tic-tac, tic-tac de Radio Reloj … llegan a ser muchos, incontables casi, más de lo que creía hasta ahora…

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Retrato inconcluso

Durante años he intentado imaginar a aquella chiquilla regordeta de casi 15 años que mira al océano Atlántico desde la baranda del Marqués de Comillas, el gigantesco barco –como recordaría luego- que se había convertido en su casa temporal durante los últimos tres meses que se sucedieron desde que saliera del puerto de Santander. En algunas ocasiones he logrado crear la imagen de esa muchachita de largas trenzas negras y ojos de un gris inusual que no pueden disimular la tristeza contenida mientras ríe de las travesuras de sus dos hermanitos.
Aunque logro mirar a la cubierta del buque como si estuviera ante una de esas películas norteamericanas de los años 30, siempre persiste  el sabor amargo de saber que me quedo en la superficie, en el exterior que nos oculta sabe Dios qué cosas. Son tantas las emociones que aparecen en ráfaga, que me cuesta enumerarlas y –lo más difícil- explicarlas.

 Porque no puedo regresar sobre esta escena si no es desde el futuro de esa gordita que llegó al puerto de La Habana cargando sobre sus espaldas la experiencia de tres o cuatro años de guerra civil en la aldea asturiana adonde la habían enviado tiempo antes. ¿Tal vez pensaba o trataba de olvidar el dolor de la muerte del padre, la responsabilidad de saberse lo más cercano a una madre que podían tener sus dos hermanos pequeños? ¿Qué esperaba de esa ciudad que se dibujaba a lo lejos y en teoría era suya, pero constituía una incógnita tan grande como lo que quedaba atrás? ¿Cuál fue el saldo de ese sentirse no solo extranjera sino extraña en medio de una parentela que se veía también afectada por el gran terremoto que representó el proyecto y frustración mortal de la República española?, todo eso podía pasarle por la mente –o tal vez no- a esa niña que sobrevivió aquello sin portar más huellas visibles que las marcas dejadas por la vacunación exigida a la entrada de la aduana habanera.
Bueno, esas eran las externas, de las interiores es difícil hablar, solo puede una especular, y arriesgar y hasta inventar una explicación que “pegue”, porque ¿cuántas preguntas pueden responderse después de tantos años, si aquella muchacha de hermosas trenzas que luego se convirtió en mi abuela ya no está para contarme su historia?
Siempre intuí, de alguna manera inexplicable, que mi mame, como nos hacían llamarla, era diferente de las otras abuelas y hasta de mi abuela Piquica, la mamá de mi papá. Desde la pronunciación zetázea–disculpen el disparate ortográfico- que tan simpática le parecía a los chiquillos del barrio para quienes era una gracia oírle decir que en su pueblo, allá en España, se comía chorizo, zalame, zalchicha…, su pasión por la sopa de ajo, las danzas acompañadas del malabarismo hipnótico de las castañuelas, hasta aquella canción de cuna medio macabra con la que nos adormecía a todos los nietos y que nosotros, como buenos herederos, hemos mantenido y empleamos ahora con sus bisnietas, las pobres. Esas fueron algunas de las pistas iniciales que me hicieron sospechar desde chiquita que tenía una abuela peculiar, pero eran las menos importantes. Las “de verdad” fui conociéndolas y acumulándolas luego, a medida que crecía y oía los cuentos dispersos de boca de mi mamá y mis tíos.
Con el correr de los años fui comprendiendo que lo que hacía especial a mi abuela no eran las costumbres asturianas que quiso mantener vivas en la familia, como un cuento lejano, ni el gusto “exótico” por los frutos secos en Fin de Año, o las combinaciones de sabores un poco raros con las que de vez en cuando alegraba el menú de nuestra infancia. Única mujer entre siete hermanos que luego de la muerte del padre fueron educados por la voluntad y disciplina férrea de mamá Ángela–como le decíamos a mi bisabuela-, mameparecía un personaje de otro mundo, incongruente con su época.
Qué otra cosa puede una pensar de una muchacha que supo defender e imponerse –a veces con éxito, otras no tanto- a la voluntad de seis hermanos machistas que la vieron siempre como una mezcla de madre y colegiala que debía seguir sus opiniones y directrices, tan solo por el hecho de ser “los hombres de la casa”. De alguien que, sobreponiéndose a las convenciones mojigatas de la clase media baja –con ínfulas de llegar a más- en el círculo de emigrados españoles de Guanabacoa, se enamoró y defendió el amor de aquel villareño descendiente de chinos mambises, portador de un legado de valentía y dignidad… pero nada más. ¿Increíble, verdad? Como en esas historias donde la Damita de sociedad huye de los esquemas asfixiantes para vivir su vida a lo largo y lo ancho… salvando las distancias, claro, porque mi abuela no era de alta sociedad, pero solo por eso.
De tantas veces que he hecho que mi mamá la repita, casi puedo entrar a la sala ese día de 1950 y ser parte de aquella escena tensa en la que mi jovencísima abuela, en medio del consejo familiar conformado por la madre y los hermanos, que pensaban casarla con el hijo de los dueños del cine Carraly el tostadero Regil, dejó caer dos noticias fulminantes, de efecto tan devastador como las bombas nucleares. La primera fue el ultimátum, pronunciado con todas sus letras y entonaciones: o la dejaban casarse con el Chino –como le decían al que terminaría convirtiéndose en mi abuelo y acabaría con la herencia de los ojos azules asturianos- o se fugaba con él; y la segunda, que estaba embarazada de algunos meses, hecho consumado e irreversible. Sólo puedo arriesgar a imaginar el silencio de muerte y las miradas acusadoras que tuvo que aguantar mi mame, o -conociendo como conozco a mi familia y el mal carácter de algunos de los tíos de mi mamá-, callar pacientemente pero sin vacilar, mientras la habitación se convertía en un hervidero de voces y amenazas contra la vida del joven “culpable”. Con esa decisión mi abuela nos dio a sus descendientes, primero, la posibilidad de existir, y segundo, la lección de diferenciar entre lo esencial y lo aparente, de luchar siempre, contra viento y marea, por lo que se quiere y en lo que se cree. Una lección que hemos olvidado a veces con demasiada frecuencia mis primos y yo.
Lo extraordinario es que esto fue solo una muestra de la capacidad de reinventarse de esa muchacha de ojos grises que un día, tan pronto pudo, cortó sus largas trenzas como expresión de rebelión contra las cadenas que imponían lo que debía ser una mujer para ser considerada atractiva… y nunca más, ninguna de las mujeres que nacieron en la familia llegamos a tener el pelo largo, para fastidio secreto de mi abuelo que lo ocultaba muy bien, porque entendía que en esa mujer valiente que lo eligió se había materializado el milagro que le alegraría la vida hasta su muerte en 1991.
Mi mame murió pocos años después, el 12 enero de 1995, casi un mes antes de que naciera mi hermanito –que ya no es tan chiquito con 18 años encima-, cuando yo era una chiquilla a punto de cumplir 14 años. No tuve mucho tiempo para hacerle algunas de aquellas preguntas indiscretas que tanto me gustaba hacerle a mi abuela Piquica, mientras me entrenaba para mi oficio de historiadora – ¿o de chismosa?-; pero si alguien, siguiendo aquella canción de Silvio, me pregunta por las mujeres que me han estremecido en la vida, sin dudas pondría entre los primeros lugares a esta muchacha regordeta que volvió un día de la guerra civil y supo sacar fuerzas de donde tal vez no había para ver la vida desde aquella perspectiva particular que se convirtió en su brújula personal, ajena a convencionalismos, formalidades y estereotipos.

Si yo fuera un personaje de Subiela…

Imaginen este escenario a medianoche, y se acercarán un poco a lo que les hablo

Si yo fuera un personaje de Subiela o de esas películas argentinas al estilo de Nueces para el amor, diría que anoche, por primera vez en mucho tiempo, sentí que recuperaba la capacidad de volar. Si no fuera un personaje de Subiela, no tendría otra manera de describir cómo me sentí en el Carlos Marx bailando con los Van Van y tarareando y disfrutando mis canciones de Silvio Rodríguez.
No sé, y la verdad es que tampoco me interesa mucho, qué piensan los cinéfilos noctámbulos que esperaban tal vez una propuesta menos “popular”, pero confieso que para mí esta noche del 4 de diciembre fue, sencillamente, perfecta. Por no dejar de tener, hasta dramaturgia y cadencia cinematográfica hubo, con introducción, desenlace/clímax y epílogo.
¿A alguien se le ocurre una idea mejor para comenzar que hacerlo al ritmo de los Van Van, el de aquellas canciones de los 70 que yo, que ni había nacido cuando aquello, me las sé de memoria de tanto oírlas en la casa y cualquier lugar de este país? Eso mismo pensó Alfredo Guevara, porque propuso inaugurar el festival poniendo aquel teatro a bailar desde el primero hasta el último butacón. Para ser honesta, las mejores canciones siguen siendo aquellas iniciales. ¡Ay!, Formell, Felicítamey dame el Guararey de Pastorita antes de decirme Chirrín chirrán, en mi opinión nada las supera. Pero mejor fue ese sentimiento que me empezó a recorrer desde una mano a la otra del deseo de tener allí a mis vanvaneros favoritos, a mi  papá, a mis primas de Guanabacoa  -la mata de la sandunga y  la subsede permanente del casino- que me enseñaron a bailar desde chiquita, y a Charly Morales, que tal vez ya no recuerde aquel día en que nos llevamos de la biblioteca de mi mamá el cassette por los 25 años de la orquesta, y casi lo gastamos de tanto ponerlo en la beca.       
Después de aquellas cinco, seis o siete canciones, no les puedo decir porque ni las conté mientras bailaba –o lo intentaba-, y cuando esperaba ver un documental sobre un músico brasileño llamado Donjovio, o de un realizador brasileño sobre Bon Jovi  como parecía que podía suceder según mis “fuentes informativas” (ya sé,  cuál de las dos más absurdas), me sorprendí sorprendiéndome y pensando que ya era demasiado bueno para una sola noche que hubieran decidido poner, además, un documental sobre Silvio, así lo hubiera hecho un español desconocido.
Y entonces, sí, empezó el nudo central de esta noche cinematográfica, con Nico García, a quien nunca podré agradecerle lo suficiente que haya puesto en la pantalla a mi Silvio Rodríguez, a ese que de tanto oír y leer en su discografía -toda la que ha caído en mis manos y cerca de mis oídos-, siempre imaginé que existía detrás del retrato del poeta malhumorado y hasta pesado que se había quedado grabado en mi memoria de tiempos anteriores, sabe Dios por qué razones. En lugar de aquel cierto cantante que se molestaba cuando en sus conciertos la gente coreaba sus canciones y mandaba a callar a la multitud, me encontré frente a frente con un personaje dulce e inquieto, simpático, expresivo y carismático, la más pura personificación del narrador de cuentos que siempre anduvo por algún lugar de mis recuerdos infantiles. Y nota tras nota, desde La Era, El Elegido, Ojalá, El Necio, El Mayor fui creciendo con él a través de su experiencia en la Revolución y en el amor, recorriendo el camino de los barrios y reconociendo a los amigos que aparecieron “robando cámaras”, y también di una canción de regalo, porque quise y porque sé que Silvio me dejaría. Y otra vez aquella sensación, aquel anhelo de ver a mis silviófilos favoritos, mi mamá (Felisa Muñoz), mi tía Any (Ana Margarita Rodríguez), Dayanet Torrent y Rodolfo Romero, con quienes me hubiera gustado compartir todas y cada una de las canciones que, milagrosamente, sobrevivieron a mi acompañamiento musical.    
El epílogo se lo dejo de obsequio a mis amigos cineastas (Maykel Rodríguez Ponjuán, Pedro Enrique Moya, Erick Coll) o al mismo Subiela, que viene que ni pintado para una de esas películas argentinas al estilo de Nueces para el amor o El lado oscuro del corazón, porque incluyó desde una conversación telefónica de tres minutos y veinte segundos –disculpen la exactitud, el responsable ¡es mi celular! – con un amigo medio loco que me ha vuelto la vida al derecho; minutos que resultaron insuficientes para contarle del documental, y de aquella reflexión final de Silvio que se me quedó grabada casi textualmente y algún día le diré; hasta  una decisión impredecible y loca de ir a buscar una 195 que eligió pasar ese día veinte minutos más temprano y me tuvo hasta las 2 de la madrugada esperando en El Quijote; para terminar con una conversación colectiva de casi dos horas que bien podría competir con ese mágico realismo de Carpentier, pues comenzó haciendo un recuento comentado del transporte público en varias ciudades del mundo, La Habana, Buenos Aires, México, Madrid, siguió sus derroteros hacia los servicios de recogida, hizo una pequeña pausa en las nuevas normas aduanales (¿o aduaneras?) y terminó haciendo un análisis del alumbrado público guanabacoense, más específicamente en el Chibás, Santo Domingo, El Roble y El Mambí. En eso vino la guagua. Media hora después (eso tienen de bueno los viajes de madrugada, prácticamente no demoran) llegué a mi casa, y les puedo jurar que dormí como hacía mucho tiempo no lo hacía.
Qué les puedo decir, fue una noche perfecta, desde el comienzo hasta las 6 y 35 de esta mañana en que mi primo me despertó con su llamada para confirmarme que había recibido un mensaje que le había enviado… a las siete de la tarde del día anterior.