cambiar la historia, transformar el mundo

Cartel Coloquio Hobsbawm

Cambiar la manera en que concebimos, entendemos, construimos la historia –la comprensión del desarrollo de las sociedades en movimiento, nunca inamovibles, nunca estáticas- es una NECESIDAD para definir y enriquecer las claves que nos permitan pensar y promover cambios profundos en la realidad que nos rodea… o algo así me pasó por la cabeza cuando me llegó al correo la convocatoria al primer coloquio que se realizó en homenaje a la vida y la obra de Eric Hobsbawm después de su muerte en octubre del año pasado. Si desde el título se anunciaban propósitos tan a tono con las necesidades, ansiedades e inquietudes que me visitan con mucha frecuencia, no tenía otro remedio que asomarme a aquello, atisbar con los dos ojos abiertos. Seguir leyendo “cambiar la historia, transformar el mundo”

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Yo soy de donde chocan las olas…

Lo que diferencia al hombre del animal es que el hombre es un heredero y no un mero descendiente.
José Ortega y Gasset

Parada justo al borde del espigón, intenté recordar la última vez que estuve así, absorbiendo de una sola vez, como ante un cuadro; el conjunto de los pilotes del muelle viejo que han sobrevivido a tanta agua; la línea del horizonte que se perdía a lo lejos sin dejarme definir cuando empezaba el cielo y terminaba el mar; las medusas que pululaban entre las piedras de la orilla;
y mirando a mi derecha, los pocos botes que permanecían inmóviles en el Canal de Refugio. Apenas pude rescatar algunas escenas por aquí; recuerdos por allá, de cuando era niña y mi mamá me llevaba con sus amigas y yo aprovechaba en el camino algún descuido suyo para encaramarme en aquel cañón tan antiguo al que le faltaba  casi la mitad de la pieza, y que todavía sigue en el mismo lugar, como un guiño  de aquellos tiempos en que el Sumidero de Batabanó requirió algún tipo de protección contra los ataques de piratas –bueno, al menos eso era lo que me contaba mi papá.
Allí descubrí que estaba equivocada cuando les decía a mis amigos que el mar seguía siendo el mismo que veía casi cada día en el muro del Malecón; que para mí el cambio solo había significado un traslado de domicilio desde el sur hasta el norte de la región habanera. Y no es el mismo, no se ve ni huele igual. Sentí como si un olor ¿más limpio?, ¿más salado?, ¿más conocido?, me inundara toda y despertara aquellos recuerdos de niñez ligada a este litoral; de una sola vez, para demostrarme que aquel era mi mar, mi pedazo de costa; a pesar de la distancia, de los años que habían transcurrido desde la última vez que me senté entre las piedras para dejar pasar el tiempo mirando a lo lejos, intentando discernir entre el cielo y el mar las aletas de aquellas toninas que a veces se acercaban lo suficiente como para dejarme imaginar miles de aventuras. 
Y no sé por qué recovecos de la memoria me puse a tararear esa canción de Silvio que no tiene nada que ver con el mar; pero sí trata mucho de las raíces, de las esencias que te forman y te hacen ver y asumir la vida desde un punto específico de partida. Aquella que dice que  soy de donde hay un río, de la punta de una loma, de familia con aroma a tierra, tabaco y frío. Soy de un paraje con brío, donde mi infancia surtí. Y cuando después partí a la ciudad y la trampa, me fui sabiendo que en Tampa, mi abuelo habló con Martí…
Y por supuesto que no soy de donde hay un río, ni mi abuelo habló con Martí en Tampa. Pero siempre he sentido que esa canción habla de mí, porque crecí oyendo retazos de la historia de mis abuelos y sus padres, aquellos mayorquines e isleños que vinieron un día en busca de un mejor futuro y terminaron asentándose en esa costa sureña de La Habana donde, desde los tiempos de la colonia, se vive una rutina y una vida no necesariamente regida por los destinos dictados desde la capital del país. La experiencia de vida de mi abuelo, digna de una novela de sobrevivientes –y lo digo con orgullo-, me ayudó a crecer sintiéndome parte de una historia que me trasciende a mí y al feudo chiquito que es mi familia.
Es increíble que hayan pasado tantos años desde entonces, en que llegaba a casa de mi abuela y no paraba hasta abrirle el escaparate y hacerle sacar el pequeño cofre con las fotografías  “de antes”, y la veía aparentando fastidio cuando yo le pedía, una y otra vez, que me contara de aquellos que salían fotografiados; gente a la que nunca había visto, pero a quienes sentía tan familiares como a mis primos que vivían en la casa de enfrente. Si me dejaban, podía pasar horas oyéndola contarme de su juventud, y cómo con su carretón de hermanas –si mal no recuerdo eran como seis mujeres y dos varones- se atildaban para ir a esperar el barco que llegaba todos los días al muelle a la misma hora; las anécdotas sobre su papá –mi bisabuelo- timonel famoso y campeón de regatas,  que de tan flaco, tan hiperactivo y tan mal genioso se ganó el sobrenombre y nos bautizó  a todos los que vinimos luego como los Gordura; o viendo la forma en que le brillaban los ojos ante una pregunta indiscreta, ¿y cómo se hicieron novios?, ¿abuela y cómo era ser la novia de abuelo, si él siempre estaba en el mar?[Sí, ya sé, eso del oficio de historiadora me vino muy bien para justificar mis tempranos impulsos chismográficos]. 
Pero lo que siempre se me quedó grabado fue esa sensación –no sé si llamarle conciencia- de pertenecer,  de saber o intuir que era parte de una historia que había comenzado mucho antes de que yo naciera y que había ido dándole forma y sentido a un espacio que ya ocupaban otros antes de mí. Sé que en aquel entonces no lo pensaba exactamente así – por supuesto- pero lo sentía de alguna manera, y me gustaba caminar por las calles de mi pueblo y reconocer las antiguas zanjas por donde circulaban las chalupas de los pescadores que había visto en las fotografías del museo; pararme frente a aquellos pilotes del viejo muelle y saber que por ahí mismo se había ido José Martí un día para ir a su destierro interno en la Isla de Pinos; o ponerme a tararear las notas –por favor, perdonen la cuadratura de mi oído musical- de aquel Vals sobre las Olas de Juventino Rosas que, demostrado científicamente, había compuesto en  Batabanó, poco antes de morir allí mismo en la clínica del Rosario.  
Parada justo al borde del espigón, atragantándome de tanto mar y olor a salitre me pregunto ahora cómo fui capaz de olvidar, engavetar, anquilosar aquellas sensaciones, y pretender –como lo he hecho durante estos últimos años en que he vivido en el extremo norte de la provincia- que soy una mujer “desarraigada” y “trashumante”, con pocas amarras que me aten a tierra, si soy toda raíces, desde la punta del dedo gordo del pie hasta los ojos con que miro la vida. Cómo pude pensar que con un mero cambio de domicilio uno deja atrás lo que te dejaron quienes te antecedieron; cómo fui tan tonta de creerme una simple descendiente, en lugar de lo que en realidad soy: la portadora de un legado, de una herencia que no solo debo conservar y transmitir a mis hijos y sus hijos, sino enriquecer y multiplicar.    
De la otra parte de mi familia también tengo mucho de qué sentirme orgullosa, pero esa la dejo para otro momento, sino ¿cómo alimento la saga?…