el Wichy… desde la otra orilla de la mesa

068-365Esta mujer me mira desde la otra orilla de la mesa, detrás de servilletas, tazas de café, migas de pan; esta mujer me miray yo no sé pero creo que el mundo comienza en sus ojos, que la eternidad no es sino esa dichosa forma suya de mirar que tanto me gusta.
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LABIOS SIM BEIJOS… o para qué sirve un poeta


Otra boca besa la boca que mi boca ya no besa
otras manos tocan las manos que mis manos ya no tocan
otros ojos se miran en los ojos que ya no ven mis ojos
Se fue la boca, sí
se fueron las manos, sí
se fueron los ojos, sí
solo queda el poema
manco
ciego
mudo
Esta es una historia común, como miles, de un amor no correspondido, de una pasión ignorada. No logro recordar la primera vez que supe de él. Busco y busco aquel momento inicial en que lo vi, el instante preciso en que comencé a imaginarlo… y nada, solo aparece la niebla. Soy un poco desmemoriada, ¿saben? –sí, yo también me he dado cuenta-; lo que es preocupante si se trata de algo tan importante como ese amor vano que me tuvo durante algún tiempo imaginando escenas, diálogos, reinventando esta mirada, aquel gesto intencional. Cómo sufrí –y disfruté- esas tardes melancólicas en el Malecón mirando al mar y a la ciudad, esas noches de insomnio soñando con aquellas metáforas tan sutiles y claras y evidentes y cinematográficamente insinuantes…
No fue mi culpa. Juro que no soy de esas que andan por la vida buscando amores imposibles para obcecarse con ellos. La verdad es que soy un poco más del tipo de atracciones intensas pero efímeras, aunque debo reconocer dos o tres pasiones que permanecen y sobreviven al paso de los años, ¿tal vez décadas?… En fin, esta vez no fui yo, no buscaba obsesionarme con él. El responsable fue Enmanuel. Toda la responsabilidad de mis desvaríos recaen sobre su conciencia, porque ¿cómo se le ocurre presentarme a este pelirrojo ocurrente, a esta cabeza de zanahoria? A mí, precisamente a mí, a esta personita a quien le bastaron apenas tres líneas de aquella “Mi mano escribe el poema/que mi boca no quiere repetir…”, para declararse adicta -y sin esperanza de rehabilitación- de la poesía de Wichy, como me gustaba llamarle en la intimidad de… bueno, en la intimidad y punto. 
El caso es que el día –no recuerdo cuál- que aquel profe habló del cubano Luis Rogelio Nogueras -así como quien no le da importancia- dentro de otros escritores latinoamericanos considerados postmodernistas, y, disciplinadamente, anoté sus referencias para buscar luego sus poemas, no podía imaginar cuán importante serían, cuánto me acompañarían en mis estados de ánimo, cuánto me ayudarían a transitar por algunos de los recovecos del camino.
Entonces no sabía qué era la poesía conversacional; tampoco estaba al tanto de que una personalidad literaria como Eliseo Diego lo considerara “uno de los poetas cubanos que con más austeridad, delicadeza y amor se han acercado a la misteriosa criatura que llamamos Poesía”; que Retamar estaba convencido de que su libro juvenil Cabeza de Zanahoria era “unos de los libros poéticos importantes aparecidos en la Cuba revolucionaria”; e ignoraba lo que representó para las letras cubanas el grupo de jóvenes poetas y escritores nucleados alrededor de El Caimán Barbudo. Les cuento que me encapriché en hacer un trabajo para el profe Enmanuel. No importó que el curso se dedicara a la literatura latinoamericana y no precisamente la cubana –pero… Cuba es Latinoamérica ¿no?, fue mi argumento-; o que nos hubiéramos concentrado en la narrativa y no la poesía –porque ni siquiera se me ocurrió hablar de su novela policíaca-; no, yo quise abarcarlo todo, escribirlo todo, explicarlo todo sobre Nogueras… y por supuesto, sufrí una indigesta literaria.  
Después del hartazgo y de aquel 3 en Literatura que me ha dolido tanto como aquel rechazo amoroso de épico recuerdo, aprendí a  dosificar al Wichy particular que me fui reinventando retazo a retazo, o mejor,  poema a poema. En estos últimos años fui construyendo lo que se define como una “convivencia civilizada”, y creo que después de tanto tiempo de romance tormentoso he llegado a encontrarle a cada verso suyo un lugar y un espacio en mi vida. 
Por ejemplo, si estoy a punto de romper una relación –o ya la rompieron por mí- no hay nada mejor que aquella “otras manos tocan las manos que mis manos ya no tocan/otros ojos se miran en los ojos que ya no ven mis ojos…”; pero eso es solo en el caso en que pretendo regodearme en mi infortunio emocional, porque si lo que siento es rabia y  lo único que deseo es desaparecerlo del mapa o borrarlo de las páginas de mi vida y aparentar que nunca existió, entonces no encuentro nada que se compare con aquel “y tus magníficos ojos azules/ te los puedes meter por tu magnífico c…”; y de erotismo no hablemos, porque debo confesarles que exploré esos “muchos modos de jugar” –en la cama, el piso, la mesa del comedor, o el muro discreto de alguna esquina-, de “empujar”, y de otras cositas que describe muy bien la poesía del Wichy. Podría hablarles más, mucho más, de mi relación con sus poemas, pero me parece un poco aburrido, sería casi como contarles el final de una película que apenas han comenzado a ver. Mejor los dejo con dos de mis favoritos, aquellos que suelo recordar casi sin esfuerzo, y de vez en cuando me dan lecciones de humildad e irreverencia:
Pérdida del poema de amor llamado Niebla
Ayer he escrito un poema magnífico
Lástima
lo he perdido no sé dónde
ahora no puedo recordarlo
pero era estupendo
decía más o menos
que estaba enamorado
claro lo decía de otra forma
ya les digo era excelentes
pero ella amaba a otro
y entonces venía una parte
realmente bella donde hablaba de
los árboles el viento y luego
más adelante explicaba algo acerca de la muerte.
Naturalmente no decía muerte decía
oscura garra o algo así
y luego venían unos versos extraordinarios
y hacia el final
contaba cómo me iba caminando
convencido de que la vida comienza de nuevo
en cualquier esquina
por supuesto no decía esa cursilería
era bueno el poema
lástima de pérdida
lástima de memoria.
Ojo pinta
Las estrategias se preparan
para la guerra que ya pasó.
Clausewitz
Me hice viejo
pero no sabio.
Todo lo que aprendí sobre el amor
de nada me sirvió.
Todo lo que vi en el corazón de las mujeres
no era todo lo que había  en el corazón de las mujeres.
Con las piedras que tropecé
no volví a encontrarme;
otras nuevas me hicieron caer.
Cuando me aparté diciendo
esa perra ya me mordió
entonces me mordió una gata.