Que yo era una mentira de la luna

abandono

Que yo era una mentira de la luna

No vuelvas, no, porque la noche es una
hechicera cordial que te ha perdido;
verás que ya no soy milagro ardido:
que yo era una mentira de la luna.

No vuelvas, no, porque será importuna
tu palabra de amor contra mi oído;
verás que no es de besos mi vestido:
que yo era una mentira de la luna.

Quédate como el sueño, desadido.
No vuelvas, no, porque tal vez alguna
maldición se descuelgue del olvido

y te toque en un ímpetu de tuna.
Verás, amor, verás que no he vivido:
que yo era una mentira de la luna.

Carilda Oliver

batido de nostalgias

Para comenbatido-de-fresazar, desempolve algunos minutos de mis recuerdos del mar, cuando de niña jugaba a pescar camarones con las manos. Seleccione los mejores, justo los de la puesta de sol, y sepárelos en un recipiente transparente, para no perderlos de vista. Agréguele tres cucharadas del sabor de aquellos coquitos prietos que hacía mi abuelo y revuelva bien con un vaso del líquido extraído de los paseos con Pape en la lanchita de Regla. Deje reposar la mezcla durante 15 ó 20 minutos, los últimos de aquel juego de las Morenas al que mi corazón sobrevivió milagrosamente.

En una cazuela aparte, corte en trozos pequeños las primeras oraciones de Crónica de una muerte anunciada. Úntelos con una cucharada del último capítulo de Tábano y dos pizcas de cualquier página de Respondo por todo; derrítalos hasta lograr una mezcla  compacta de poco brillo con Los trabajadores del mar y El Padrino. Espere a que refresque y guárdelo en el refrigerador a una temperatura no mayor de 10 grados, temperatura necesaria para leer los versos de Wichy y no morir incinerada.

En una jarra transparente reúna las dos fresas silvestres que me comí en la Aguada de Joaquín. Picotee bien tres o cuatro pedazos de las noches de Festival de Cine. Si es posible, elija Los otros y Plata quemada. Revuelva hasta que no queden grumos y pase por el colador de El jinete sin cabeza, solo para asegurarnos de que no queden restos.

Preste atención, es el momento de los ingredientes más importantes:

Tome la licuadora y limpie bien de resentimientos y frustraciones. Enjuague el vaso hasta estar seguros de que ha eliminado arrepentimientos, perdones y mentiras piadosas. Con el vaso limpio, añada mis quince segundos favoritos de la primera vez que hice el amor, endúlcelos con cinco cucharaditas de los sueños que acaricié durante diez años, equilibre con una pizca de decepción y ponga en funcionamiento su equipo eléctrico. Bátalo todo hasta no percibir la diferencia de color, textura o sabor de sus ingredientes, no olvide poner como música de fondo With or without you.

Agregue el contenido de los recipientes preparados anteriormente, y vuelva a batir, esta vez con la música de Silvio, puede seleccionarla a su gusto pero yo le recomiendo La gota de rocío. Si lo prefiere, puede optar por A la orilla de la chimenea.

Cuando todo esté bien mezclado, vierta el contenido del vaso en una tarta preparada de antemano, cubierta con una pequeña capa de emoción. Aquella que sentí en el valle Dos hermanas o navegando el Paraná. Guarde en el congelador media hora, la que usted prefiera de mis mejores tardes en el Malecón de La Habana.

Bata nuevamente y añada algunas gotas de sirope. Puede decidirse entre el chocolate de cualquier día de mi cumpleaños, o el dulce de leche de La Recoleta.

Sírvase frío en copas grandes. Adórnese con una hojita de Yerbabuena y una rodaja de mandarina villareña.

Da para dos porciones, solo las más importantes. Ideal solo para ocasiones especiales. Su consumo frecuente puede provocar adicción y depresión.