la primera vez

la-primera-vezMira quién viene por ahí– me dijeron. Y la sorpresa, cuando menos lo esperaba, donde menos podía imaginar, casi me paraliza. Menos mal que estaba sentada y no tuve que hacer malabarismos para mantener más o menos la compostura, pero estoy segura de que mis ojos hablaron en cuatro idiomas y sin necesidad de traductor. Era la primera vez en mucho tiempo que podía verlo. Mirarlo bien quiero decir, con detenimiento. Nos habíamos encontrado tres o cuatro veces desde su regreso, pero siempre estuvimos acompañados, apurados, preocupados. Ahora igual, pero no importaba. Verlo de nuevo me hizo recordar aquella primera vez. Seguir leyendo “la primera vez”

un regalo para Josefina

josefina

-Hoy es el cumpleaños de Josefina-, pensé mientras recorría algunos de los puestos de artesanos en la feria. Claro, yo no recordé la fecha precisamente en ese instante, ni tampoco le llamo Josefina, este es solo un recurso para hacerles ver que estaba pensando en ella cuando vi aquel stand tan solitario, con aquel vendedor, tan solitario que de repente me recordó un cuento de Cortázar, rodeado de pajaritos negros, rojos, azules, amarillos… si es que podemos llamarle así a aquellas preciosas imitaciones de zunzún hechas en madera que colgaban de los postes como si estuvieran a punto de echar a volar. Seguir leyendo “un regalo para Josefina”

¿y ahora serán qué palabras?

ImageIdeas, sueños, proyectos, organización, orador, pueblo, cultura, socialismo, poesía, alma llanera, risa, vozarrón, canciones, voz, ALBA, UNASUR, América Latina, PDVSA, Francisco de Miranda, Che Guevara, Bolívar, Martí, Maizal, Barrio Adentro, Venezuela, ONU, Fidel, Correa, Cristina, gracioso, torpe, irreverente, rompecorazones, amante furibundo del béisbol, guerrilla, academia militar, Papi, patria, elecciones, mirada, ocurrente, corajudo, cariñoso, iconoclasta, constitución, Alí Primera, lucha, golpe de estado, enfermedad…

 Tantas, son tantas las palabras que pueden hablar; pero no me alcanzan, me resultan inexactas, algunas me suenan a consigna y panfleto que no logra explicar quién es, quién ha sido Hugo Chávez para mí, Seguir leyendo “¿y ahora serán qué palabras?”

El coleccionista de mujeres


Tengo un amigo que colecciona mujeres, mejor dicho, colecciona fotografías de muchachas hermosas. Simplemente no puede evitarlo, se siente tan atraído por ellas que en ocasiones basta un rostro simétrico, una mirada atrevida, un gesto indescifrable, o el misterio que probablemente se esconda detrás de aquel flequillo, para que la imagen pase a formar parte de una colección envidiable que no hace distingos entre el color de la piel, los ojos o el cabello. El único requerimiento –me comentó un día- es que reflejen la más pura autenticidad. Seguir leyendo “El coleccionista de mujeres”

Retrato inconcluso

Durante años he intentado imaginar a aquella chiquilla regordeta de casi 15 años que mira al océano Atlántico desde la baranda del Marqués de Comillas, el gigantesco barco –como recordaría luego- que se había convertido en su casa temporal durante los últimos tres meses que se sucedieron desde que saliera del puerto de Santander. En algunas ocasiones he logrado crear la imagen de esa muchachita de largas trenzas negras y ojos de un gris inusual que no pueden disimular la tristeza contenida mientras ríe de las travesuras de sus dos hermanitos.
Aunque logro mirar a la cubierta del buque como si estuviera ante una de esas películas norteamericanas de los años 30, siempre persiste  el sabor amargo de saber que me quedo en la superficie, en el exterior que nos oculta sabe Dios qué cosas. Son tantas las emociones que aparecen en ráfaga, que me cuesta enumerarlas y –lo más difícil- explicarlas.

 Porque no puedo regresar sobre esta escena si no es desde el futuro de esa gordita que llegó al puerto de La Habana cargando sobre sus espaldas la experiencia de tres o cuatro años de guerra civil en la aldea asturiana adonde la habían enviado tiempo antes. ¿Tal vez pensaba o trataba de olvidar el dolor de la muerte del padre, la responsabilidad de saberse lo más cercano a una madre que podían tener sus dos hermanos pequeños? ¿Qué esperaba de esa ciudad que se dibujaba a lo lejos y en teoría era suya, pero constituía una incógnita tan grande como lo que quedaba atrás? ¿Cuál fue el saldo de ese sentirse no solo extranjera sino extraña en medio de una parentela que se veía también afectada por el gran terremoto que representó el proyecto y frustración mortal de la República española?, todo eso podía pasarle por la mente –o tal vez no- a esa niña que sobrevivió aquello sin portar más huellas visibles que las marcas dejadas por la vacunación exigida a la entrada de la aduana habanera.
Bueno, esas eran las externas, de las interiores es difícil hablar, solo puede una especular, y arriesgar y hasta inventar una explicación que “pegue”, porque ¿cuántas preguntas pueden responderse después de tantos años, si aquella muchacha de hermosas trenzas que luego se convirtió en mi abuela ya no está para contarme su historia?
Siempre intuí, de alguna manera inexplicable, que mi mame, como nos hacían llamarla, era diferente de las otras abuelas y hasta de mi abuela Piquica, la mamá de mi papá. Desde la pronunciación zetázea–disculpen el disparate ortográfico- que tan simpática le parecía a los chiquillos del barrio para quienes era una gracia oírle decir que en su pueblo, allá en España, se comía chorizo, zalame, zalchicha…, su pasión por la sopa de ajo, las danzas acompañadas del malabarismo hipnótico de las castañuelas, hasta aquella canción de cuna medio macabra con la que nos adormecía a todos los nietos y que nosotros, como buenos herederos, hemos mantenido y empleamos ahora con sus bisnietas, las pobres. Esas fueron algunas de las pistas iniciales que me hicieron sospechar desde chiquita que tenía una abuela peculiar, pero eran las menos importantes. Las “de verdad” fui conociéndolas y acumulándolas luego, a medida que crecía y oía los cuentos dispersos de boca de mi mamá y mis tíos.
Con el correr de los años fui comprendiendo que lo que hacía especial a mi abuela no eran las costumbres asturianas que quiso mantener vivas en la familia, como un cuento lejano, ni el gusto “exótico” por los frutos secos en Fin de Año, o las combinaciones de sabores un poco raros con las que de vez en cuando alegraba el menú de nuestra infancia. Única mujer entre siete hermanos que luego de la muerte del padre fueron educados por la voluntad y disciplina férrea de mamá Ángela–como le decíamos a mi bisabuela-, mameparecía un personaje de otro mundo, incongruente con su época.
Qué otra cosa puede una pensar de una muchacha que supo defender e imponerse –a veces con éxito, otras no tanto- a la voluntad de seis hermanos machistas que la vieron siempre como una mezcla de madre y colegiala que debía seguir sus opiniones y directrices, tan solo por el hecho de ser “los hombres de la casa”. De alguien que, sobreponiéndose a las convenciones mojigatas de la clase media baja –con ínfulas de llegar a más- en el círculo de emigrados españoles de Guanabacoa, se enamoró y defendió el amor de aquel villareño descendiente de chinos mambises, portador de un legado de valentía y dignidad… pero nada más. ¿Increíble, verdad? Como en esas historias donde la Damita de sociedad huye de los esquemas asfixiantes para vivir su vida a lo largo y lo ancho… salvando las distancias, claro, porque mi abuela no era de alta sociedad, pero solo por eso.
De tantas veces que he hecho que mi mamá la repita, casi puedo entrar a la sala ese día de 1950 y ser parte de aquella escena tensa en la que mi jovencísima abuela, en medio del consejo familiar conformado por la madre y los hermanos, que pensaban casarla con el hijo de los dueños del cine Carraly el tostadero Regil, dejó caer dos noticias fulminantes, de efecto tan devastador como las bombas nucleares. La primera fue el ultimátum, pronunciado con todas sus letras y entonaciones: o la dejaban casarse con el Chino –como le decían al que terminaría convirtiéndose en mi abuelo y acabaría con la herencia de los ojos azules asturianos- o se fugaba con él; y la segunda, que estaba embarazada de algunos meses, hecho consumado e irreversible. Sólo puedo arriesgar a imaginar el silencio de muerte y las miradas acusadoras que tuvo que aguantar mi mame, o -conociendo como conozco a mi familia y el mal carácter de algunos de los tíos de mi mamá-, callar pacientemente pero sin vacilar, mientras la habitación se convertía en un hervidero de voces y amenazas contra la vida del joven “culpable”. Con esa decisión mi abuela nos dio a sus descendientes, primero, la posibilidad de existir, y segundo, la lección de diferenciar entre lo esencial y lo aparente, de luchar siempre, contra viento y marea, por lo que se quiere y en lo que se cree. Una lección que hemos olvidado a veces con demasiada frecuencia mis primos y yo.
Lo extraordinario es que esto fue solo una muestra de la capacidad de reinventarse de esa muchacha de ojos grises que un día, tan pronto pudo, cortó sus largas trenzas como expresión de rebelión contra las cadenas que imponían lo que debía ser una mujer para ser considerada atractiva… y nunca más, ninguna de las mujeres que nacieron en la familia llegamos a tener el pelo largo, para fastidio secreto de mi abuelo que lo ocultaba muy bien, porque entendía que en esa mujer valiente que lo eligió se había materializado el milagro que le alegraría la vida hasta su muerte en 1991.
Mi mame murió pocos años después, el 12 enero de 1995, casi un mes antes de que naciera mi hermanito –que ya no es tan chiquito con 18 años encima-, cuando yo era una chiquilla a punto de cumplir 14 años. No tuve mucho tiempo para hacerle algunas de aquellas preguntas indiscretas que tanto me gustaba hacerle a mi abuela Piquica, mientras me entrenaba para mi oficio de historiadora – ¿o de chismosa?-; pero si alguien, siguiendo aquella canción de Silvio, me pregunta por las mujeres que me han estremecido en la vida, sin dudas pondría entre los primeros lugares a esta muchacha regordeta que volvió un día de la guerra civil y supo sacar fuerzas de donde tal vez no había para ver la vida desde aquella perspectiva particular que se convirtió en su brújula personal, ajena a convencionalismos, formalidades y estereotipos.

Yo soy de donde chocan las olas…

Lo que diferencia al hombre del animal es que el hombre es un heredero y no un mero descendiente.
José Ortega y Gasset

Parada justo al borde del espigón, intenté recordar la última vez que estuve así, absorbiendo de una sola vez, como ante un cuadro; el conjunto de los pilotes del muelle viejo que han sobrevivido a tanta agua; la línea del horizonte que se perdía a lo lejos sin dejarme definir cuando empezaba el cielo y terminaba el mar; las medusas que pululaban entre las piedras de la orilla;
y mirando a mi derecha, los pocos botes que permanecían inmóviles en el Canal de Refugio. Apenas pude rescatar algunas escenas por aquí; recuerdos por allá, de cuando era niña y mi mamá me llevaba con sus amigas y yo aprovechaba en el camino algún descuido suyo para encaramarme en aquel cañón tan antiguo al que le faltaba  casi la mitad de la pieza, y que todavía sigue en el mismo lugar, como un guiño  de aquellos tiempos en que el Sumidero de Batabanó requirió algún tipo de protección contra los ataques de piratas –bueno, al menos eso era lo que me contaba mi papá.
Allí descubrí que estaba equivocada cuando les decía a mis amigos que el mar seguía siendo el mismo que veía casi cada día en el muro del Malecón; que para mí el cambio solo había significado un traslado de domicilio desde el sur hasta el norte de la región habanera. Y no es el mismo, no se ve ni huele igual. Sentí como si un olor ¿más limpio?, ¿más salado?, ¿más conocido?, me inundara toda y despertara aquellos recuerdos de niñez ligada a este litoral; de una sola vez, para demostrarme que aquel era mi mar, mi pedazo de costa; a pesar de la distancia, de los años que habían transcurrido desde la última vez que me senté entre las piedras para dejar pasar el tiempo mirando a lo lejos, intentando discernir entre el cielo y el mar las aletas de aquellas toninas que a veces se acercaban lo suficiente como para dejarme imaginar miles de aventuras. 
Y no sé por qué recovecos de la memoria me puse a tararear esa canción de Silvio que no tiene nada que ver con el mar; pero sí trata mucho de las raíces, de las esencias que te forman y te hacen ver y asumir la vida desde un punto específico de partida. Aquella que dice que  soy de donde hay un río, de la punta de una loma, de familia con aroma a tierra, tabaco y frío. Soy de un paraje con brío, donde mi infancia surtí. Y cuando después partí a la ciudad y la trampa, me fui sabiendo que en Tampa, mi abuelo habló con Martí…
Y por supuesto que no soy de donde hay un río, ni mi abuelo habló con Martí en Tampa. Pero siempre he sentido que esa canción habla de mí, porque crecí oyendo retazos de la historia de mis abuelos y sus padres, aquellos mayorquines e isleños que vinieron un día en busca de un mejor futuro y terminaron asentándose en esa costa sureña de La Habana donde, desde los tiempos de la colonia, se vive una rutina y una vida no necesariamente regida por los destinos dictados desde la capital del país. La experiencia de vida de mi abuelo, digna de una novela de sobrevivientes –y lo digo con orgullo-, me ayudó a crecer sintiéndome parte de una historia que me trasciende a mí y al feudo chiquito que es mi familia.
Es increíble que hayan pasado tantos años desde entonces, en que llegaba a casa de mi abuela y no paraba hasta abrirle el escaparate y hacerle sacar el pequeño cofre con las fotografías  “de antes”, y la veía aparentando fastidio cuando yo le pedía, una y otra vez, que me contara de aquellos que salían fotografiados; gente a la que nunca había visto, pero a quienes sentía tan familiares como a mis primos que vivían en la casa de enfrente. Si me dejaban, podía pasar horas oyéndola contarme de su juventud, y cómo con su carretón de hermanas –si mal no recuerdo eran como seis mujeres y dos varones- se atildaban para ir a esperar el barco que llegaba todos los días al muelle a la misma hora; las anécdotas sobre su papá –mi bisabuelo- timonel famoso y campeón de regatas,  que de tan flaco, tan hiperactivo y tan mal genioso se ganó el sobrenombre y nos bautizó  a todos los que vinimos luego como los Gordura; o viendo la forma en que le brillaban los ojos ante una pregunta indiscreta, ¿y cómo se hicieron novios?, ¿abuela y cómo era ser la novia de abuelo, si él siempre estaba en el mar?[Sí, ya sé, eso del oficio de historiadora me vino muy bien para justificar mis tempranos impulsos chismográficos]. 
Pero lo que siempre se me quedó grabado fue esa sensación –no sé si llamarle conciencia- de pertenecer,  de saber o intuir que era parte de una historia que había comenzado mucho antes de que yo naciera y que había ido dándole forma y sentido a un espacio que ya ocupaban otros antes de mí. Sé que en aquel entonces no lo pensaba exactamente así – por supuesto- pero lo sentía de alguna manera, y me gustaba caminar por las calles de mi pueblo y reconocer las antiguas zanjas por donde circulaban las chalupas de los pescadores que había visto en las fotografías del museo; pararme frente a aquellos pilotes del viejo muelle y saber que por ahí mismo se había ido José Martí un día para ir a su destierro interno en la Isla de Pinos; o ponerme a tararear las notas –por favor, perdonen la cuadratura de mi oído musical- de aquel Vals sobre las Olas de Juventino Rosas que, demostrado científicamente, había compuesto en  Batabanó, poco antes de morir allí mismo en la clínica del Rosario.  
Parada justo al borde del espigón, atragantándome de tanto mar y olor a salitre me pregunto ahora cómo fui capaz de olvidar, engavetar, anquilosar aquellas sensaciones, y pretender –como lo he hecho durante estos últimos años en que he vivido en el extremo norte de la provincia- que soy una mujer “desarraigada” y “trashumante”, con pocas amarras que me aten a tierra, si soy toda raíces, desde la punta del dedo gordo del pie hasta los ojos con que miro la vida. Cómo pude pensar que con un mero cambio de domicilio uno deja atrás lo que te dejaron quienes te antecedieron; cómo fui tan tonta de creerme una simple descendiente, en lugar de lo que en realidad soy: la portadora de un legado, de una herencia que no solo debo conservar y transmitir a mis hijos y sus hijos, sino enriquecer y multiplicar.    
De la otra parte de mi familia también tengo mucho de qué sentirme orgullosa, pero esa la dejo para otro momento, sino ¿cómo alimento la saga?…

Si yo fuera un personaje de Subiela…

Imaginen este escenario a medianoche, y se acercarán un poco a lo que les hablo

Si yo fuera un personaje de Subiela o de esas películas argentinas al estilo de Nueces para el amor, diría que anoche, por primera vez en mucho tiempo, sentí que recuperaba la capacidad de volar. Si no fuera un personaje de Subiela, no tendría otra manera de describir cómo me sentí en el Carlos Marx bailando con los Van Van y tarareando y disfrutando mis canciones de Silvio Rodríguez.
No sé, y la verdad es que tampoco me interesa mucho, qué piensan los cinéfilos noctámbulos que esperaban tal vez una propuesta menos “popular”, pero confieso que para mí esta noche del 4 de diciembre fue, sencillamente, perfecta. Por no dejar de tener, hasta dramaturgia y cadencia cinematográfica hubo, con introducción, desenlace/clímax y epílogo.
¿A alguien se le ocurre una idea mejor para comenzar que hacerlo al ritmo de los Van Van, el de aquellas canciones de los 70 que yo, que ni había nacido cuando aquello, me las sé de memoria de tanto oírlas en la casa y cualquier lugar de este país? Eso mismo pensó Alfredo Guevara, porque propuso inaugurar el festival poniendo aquel teatro a bailar desde el primero hasta el último butacón. Para ser honesta, las mejores canciones siguen siendo aquellas iniciales. ¡Ay!, Formell, Felicítamey dame el Guararey de Pastorita antes de decirme Chirrín chirrán, en mi opinión nada las supera. Pero mejor fue ese sentimiento que me empezó a recorrer desde una mano a la otra del deseo de tener allí a mis vanvaneros favoritos, a mi  papá, a mis primas de Guanabacoa  -la mata de la sandunga y  la subsede permanente del casino- que me enseñaron a bailar desde chiquita, y a Charly Morales, que tal vez ya no recuerde aquel día en que nos llevamos de la biblioteca de mi mamá el cassette por los 25 años de la orquesta, y casi lo gastamos de tanto ponerlo en la beca.       
Después de aquellas cinco, seis o siete canciones, no les puedo decir porque ni las conté mientras bailaba –o lo intentaba-, y cuando esperaba ver un documental sobre un músico brasileño llamado Donjovio, o de un realizador brasileño sobre Bon Jovi  como parecía que podía suceder según mis “fuentes informativas” (ya sé,  cuál de las dos más absurdas), me sorprendí sorprendiéndome y pensando que ya era demasiado bueno para una sola noche que hubieran decidido poner, además, un documental sobre Silvio, así lo hubiera hecho un español desconocido.
Y entonces, sí, empezó el nudo central de esta noche cinematográfica, con Nico García, a quien nunca podré agradecerle lo suficiente que haya puesto en la pantalla a mi Silvio Rodríguez, a ese que de tanto oír y leer en su discografía -toda la que ha caído en mis manos y cerca de mis oídos-, siempre imaginé que existía detrás del retrato del poeta malhumorado y hasta pesado que se había quedado grabado en mi memoria de tiempos anteriores, sabe Dios por qué razones. En lugar de aquel cierto cantante que se molestaba cuando en sus conciertos la gente coreaba sus canciones y mandaba a callar a la multitud, me encontré frente a frente con un personaje dulce e inquieto, simpático, expresivo y carismático, la más pura personificación del narrador de cuentos que siempre anduvo por algún lugar de mis recuerdos infantiles. Y nota tras nota, desde La Era, El Elegido, Ojalá, El Necio, El Mayor fui creciendo con él a través de su experiencia en la Revolución y en el amor, recorriendo el camino de los barrios y reconociendo a los amigos que aparecieron “robando cámaras”, y también di una canción de regalo, porque quise y porque sé que Silvio me dejaría. Y otra vez aquella sensación, aquel anhelo de ver a mis silviófilos favoritos, mi mamá (Felisa Muñoz), mi tía Any (Ana Margarita Rodríguez), Dayanet Torrent y Rodolfo Romero, con quienes me hubiera gustado compartir todas y cada una de las canciones que, milagrosamente, sobrevivieron a mi acompañamiento musical.    
El epílogo se lo dejo de obsequio a mis amigos cineastas (Maykel Rodríguez Ponjuán, Pedro Enrique Moya, Erick Coll) o al mismo Subiela, que viene que ni pintado para una de esas películas argentinas al estilo de Nueces para el amor o El lado oscuro del corazón, porque incluyó desde una conversación telefónica de tres minutos y veinte segundos –disculpen la exactitud, el responsable ¡es mi celular! – con un amigo medio loco que me ha vuelto la vida al derecho; minutos que resultaron insuficientes para contarle del documental, y de aquella reflexión final de Silvio que se me quedó grabada casi textualmente y algún día le diré; hasta  una decisión impredecible y loca de ir a buscar una 195 que eligió pasar ese día veinte minutos más temprano y me tuvo hasta las 2 de la madrugada esperando en El Quijote; para terminar con una conversación colectiva de casi dos horas que bien podría competir con ese mágico realismo de Carpentier, pues comenzó haciendo un recuento comentado del transporte público en varias ciudades del mundo, La Habana, Buenos Aires, México, Madrid, siguió sus derroteros hacia los servicios de recogida, hizo una pequeña pausa en las nuevas normas aduanales (¿o aduaneras?) y terminó haciendo un análisis del alumbrado público guanabacoense, más específicamente en el Chibás, Santo Domingo, El Roble y El Mambí. En eso vino la guagua. Media hora después (eso tienen de bueno los viajes de madrugada, prácticamente no demoran) llegué a mi casa, y les puedo jurar que dormí como hacía mucho tiempo no lo hacía.
Qué les puedo decir, fue una noche perfecta, desde el comienzo hasta las 6 y 35 de esta mañana en que mi primo me despertó con su llamada para confirmarme que había recibido un mensaje que le había enviado… a las siete de la tarde del día anterior.